Páginas que otros escribieron y en las que
escuchamos ecos de nuestra propia voz y de lo que nos gustaría decir con ella.
En cercanías o coindidencias con ciertos libros y ciertos autores, nos vamos
acercando paulatinamente al reconocimiento de nuestra propia escritura.
Un día cayó en mis manos uno de los libros
fundamentales de Octavio Paz: Los hijos del limo. Su prosa me deslumbró.
Sentí que ella reunía, junto a la contundente expresividad de verdades que
parecían no admitir réplica, la belleza formal de una palabra que era poesía en
el más exacto de los sentidos. Me extasió esa escritura que, de manera
transparentemente poética, decía cosas que, sin duda, merecían ser dichas. Era
la intensidad y la exactitud del término al lado de la profundidad de verdades
expresadas irrefutablemente. Inmediatamente leí otro de los ensayos centrales
de Paz: El laberinto de la soledad. Llegarían luego, uno a uno, la
mayoría de sus trabajos en prosa.
Una de las cosas que más reconozco en Paz es su
habilidad para relacionar argumentos -no importa que tan alejados del aquí y
del ahora del autor se encuentren, no importa que tan vastos sean sus alcances-
con vivencias convertidas en imaginarios de vida. Recuerdo, por ejemplo, su
discurso de agradecimiento al recibir el Premio Nóbel de Literatura, al cual
tituló “La búsqueda del presente”. En él se detiene en diversos temas: la
modernidad, la literatura moderna, la literatura latinoamericana; y, de forma
extraordinariamente certera, introduce en sus diversos razonamientos, visiones
de su propia vida, estableciendo acertadas analogías entre vivencias personales
y versiones colectivas. ¿Cuándo -se pregunta Paz- descubrimos que nuestro
tiempo personal se aparta del tiempo que rodea a todos? ¿En qué momento nuestra
soledad resulta insuficiente o insoportable? ¿Cuándo nuestra imaginación nos
aleja de nuestro entorno? ¿De que forma llega éste a abrumarnos, a desconcertarnos?