viernes, 3 de abril de 2020

COMETER MENOS TONTERÍAS

Repetiré algo que escribí hace algunos años: “Ha llegado para los hombres el momento de limitarnos. La sabiduría del hombre de nuestros días deberá ser la sabiduría de la mesura, de la humildad. Humildad para acercarnos al mundo en vez de alejarnos de él. Humildad para entendernos con nuestro planeta en vez de tratar de modificarlo. Humildad para vislumbrar que lo humano y lo natural son piezas vivas dentro de un mismo sistema cósmico: expresiones de una sintaxis hecha de balances y armonías; de partes esenciales de una totalidad, a un tiempo, coherente e indescifrable. Por mucho tiempo el ser humano se concibió a sí mismo como construcción final y magnífica de un proceso evolutivo único. Hoy el ser humano comienza a reconocer que su protagonismo dentro del tiempo terrestre  es, esencialmente, accidental. No somos los privilegiados destinatarios de la infinitud universal, somos sólo los habitantes temporales de un fatigado planeta: apenas sobrevivientes. Ni hijos de Dios ni extraordinario resultado de una mágica e irrepetible combinación, sólo sobrevivientes... Y desapareceremos algún día, de la misma manera en que un día llegamos ... Efímero humano: nos creímos únicos y nos sabemos, hoy, protagonistas de un tiempo fugacísimo. El papel central del hombre ha sido consecuencia de una serie de circunstancias accidentales, y ese rol protagónico no altera una realidad innegable: todo seguirá existiendo después de que hayamos desaparecido. A partir de esta conciencia efimeral, los seres humanos deberíamos recuperar una humildad perdida. Por siglos, el hombre fue arrogante, demasiado arrogante. Esa arrogancia carece, hoy, de cualquier vestigio de sentido. Es extemporánea y es irracional. La última y necesaria sabiduría del hombre deberá ser la de una humildad que postule, juntas, la sencillez y la imaginación.”
He recordado estas palabras en estos días, cuando me rodean -a mí y nos rodean a todos- una pandemia que pareciera salida de alguna película de catastrófica ciencia-ficción. Un escenario capaz de recordarnos que la humanidad es necesariamente compañera de esa naturaleza de la cual forma parte.
En tiempos desolados como éstos, en medio de un entorno apocalíptico, no hay cabida para el mutismo, y la humanidad está obligada a regresar a ciertas voces reconociendo en ellas la urgencia de lo esencial, de lo necesario, de lo impostergable.
Ante el enfrentamiento con lo amenazador o lo irremediable, los hombres debemos responderle al tiempo aferrándonos a nuevas prioridades convertidas en convicciones y verdades; verdades poseedoras de un nuevo sentido de vida, de acción para la vida. Otras actitudes en la comunicación, en el encuentro entre las razones y los diálogos; una mayor solidaridad en las acciones y en los propósitos.
Es muy frecuente escuchar a quienes, acompañados por una larga memoria, miran hacia atrás y, contemplando el tiempo transcurrido, acompañan su recuerdo con una lapidaria frase: “Si volviera a vivir haría muchísimas menos tonterías”. Enfrentados a su pasado, ya hacia el final del camino, es una conclusión que suele repetirse: “si volviese a vivir haría menos tonterías, cometería menos errores, no me apartaría, como tantas veces lo hice, de lo esencial, de eso que de veras cuenta”.
En estas sencillas declaraciones acaso pueda distinguirse un sentimiento colectivo traducido como: “si logramos superar esto” -o “una vez superado esto”- no deberíamos olvidarnos de lo importante, de lo necesario, de lo humanamente central; ni alejarnos de cuanto contradiga formas de coexistencia menos contaminadas por lo superfluo y lo innecesario, ni mantener una mentalidad frívolamente consumista que nos ocultó la transparencia de verdades y argumentos inapelables, ni dejarnos seducir por dogmas y sistemas de pensamiento negadores de la esencial subjetividad de la persona. 
En suma: si logramos atravesar estos sombríos nubarrones, muchas cosas deberán cambiar para la humanidad; y, al igual que las tonterías reconocidas por tantos individuos una vez terminado el tiempo de su camino, obligarnos los hombres a admitir demasiados errores colectivos, comprometiéndonos con recuperar nuevas prioridades y definiendo lo realmente importante: un significado del tiempo humano apoyado en mayor solidaridad, mayor mesura y mayor armonía.

viernes, 27 de marzo de 2020

ES NECESARIO ENTENDER...

Es necesario entender la política como lo que nunca hubiera debido dejar de ser: el arte de la convivencia entre los hombres. Desconfiar de ella, despreciarla, resulta algo demasiado habitual en nuestros días. Hoy es casi un lugar común confundir política con anti-política: el poder de unos pocos ejerciéndose sobre casi todos, el vergonzoso espectáculo de una minoría oprimiendo o aprovechándose de la mayoría.
Allí donde coexistan grupos humanos siempre existirá política; y es imposible olvidar su esencial realidad: la libertad. Libertad individual y colectiva: un fin en sí mismo, nunca voz vacía o caricaturizada promesa; prioridad y razón de todas las decisiones, de todos los principios y de todas las iniciativas.
Imposible olvidar que política y libertad van necesariamente unidas y que la democracia es el único sistema de gobierno capaz de garantizar esa reunión. Acaso la mayor virtud de los sistemas democráticos sea haber rutinizado el cuestionamiento del poder. El gobernante de hoy, reverenciado, admirado, temido, sabe que será postergado mañana. Percibir que todo mandato tiene un término, al cabo del cual el mandón actual podrá ser olvidado, hace de él un ser mucho más soportable y pasajero, soportable por pasajero.

sábado, 21 de marzo de 2020

LEER EL MUNDO

El mundo como objeto de lectura. Leer significa interpretar a partir de eso que vemos, intuir desde nuestras miradas, mirar comprensivamente o mirar detenidamente o mirar repetidamente. Con nuestras lecturas, construimos nuestra comprensión del mundo: subjetiva, íntima, arbitraria. Lo leemos y reconstruimos de acuerdo a nuestros espejismos, ilusiones, esperanzas, prejuicios... Deformamos lo leído desde nuestra propia subjetividad. Nunca existirá una completa transparencia en nuestras lecturas. Leemos desde el ahora que nos rodea o los recuerdos que no nos abandonan o desde la lucidez que nos orienta o desde la imaginación que nos permite soñar o desde la sensibilidad que es imposible evitar. Leemos a nuestra manera, de acuerdo a un entorno, a un antecedente, a una ilusión. Tenemos razón al creer en una determinada lectura e, igualmente, la tenemos al creer en la contraria. La contradicción es inherente a nuestra humana manera de leer.

viernes, 13 de marzo de 2020

ES MAESTRO...

Nuestra comunicación con el entorno acaso señale nuestra más genuina finalidad humana. ¿De las muchas cosas que del mundo nos transmite, cuáles escogemos comunicar a otros? En nuestros actos, en nuestras voces una intención se repite: exponer una manera de mirar, de entender, de valorar, de creer, de sentir... Expresar nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo. Nombrar nuestras respuestas. Escoger cuales énfasis, razones, imaginarios y verdades transmitir… Acto y finalidad de las voces: de su propósito y su destino; eventualmente, destino de esperanza, de significación ética en ciertos diálogos empeñados en vivir un poco por sí mismos, amparados en determinados fines e ideales.
¿Cómo y cuándo nace en algunos de nosotros la voluntad de educar, el deseo de convertirnos en educadores? ¿Qué nos lleva a hacer de nuestra muy humana necesidad de comunicación una profesión? Y, al hablar de profesión, pienso en genuina entrega, opción de vida, compromiso. Comunicación, acaso, de una ética convertida en el apoyo natural de todo conocimiento.
Es maestro quien comunica un saber, quien busca la verdad y enseña a otros a buscarla. Verdad como algo por descubrir; más que la Verdad, así con mayúscula, diversas verdades: de vida, de convivencia; necesariamente relacionadas con un imprescindible sentimiento de libertad. Verdad y libertad se relacionan. La una no podría existir sin la otra. Buscar la verdad, individual y colectivamente, implica la libertad de intentarlo y conseguirlo. Todo buen maestro ha de inculcar en sus discípulos el amor por la libertad. Libertad para elegir, para aprender y querer aprender, para entender, para aceptar iniciativas personales, para seguir las propias intuiciones, para  definir una personal manera de intervenir en el mundo...
Ser maestro entraña una manera de vivir, de saberse en capacidad de influir en la acción de otros. Al educar, el maestro busca respuestas para sí mismo. Interrogando a otros se interroga. Educando se educa. Entiende su aventura como aprendizaje. Hace de sus conocimientos, elección, propósito, convicción. Entiende su destino docente como un permanente despertar conciencias críticas. Su saber ha de apoyarse tanto en su erudición como en su sensibilidad, en su experiencia tanto como en su lucidez, en su inteligencia tanto como en su imaginación. Hace de su curiosidad intelectual punto de partida y compañía de su humano viaje. ¿Su reto esencial? Conservar viva su fe en esos seres humanos a quienes se dirige. Un maestro que no crea en la posible perfectibilidad de sus estudiantes, en su potestad de contribuir de alguna manera en la superación humana individual de ese joven discípulo que lo escucha, no debería nunca dedicarse a la enseñanza.
Todo maestro, constituye -debería constituir- un modelo para esos jóvenes a quienes forma. Convertirse en referente. Llama la atención descubrir en quienes podríamos esperar, por su inteligencia, por su trayectoria y su erudición convertirse en ejemplo y referencia, cometer toda clase de desatinos. Por el contrario, también es cierto que personas de quienes pudieran no esperarse mayores respuestas intelectuales, reaccionar de una manera humanamente ejemplar, y contemplamos en ellos, un ejemplo, una referencia. No fue su formación académica, tampoco su educación, en un sentido convencional, lo que pudo convertirlos en referentes de humanidad, sentido común, profundidad espiritual. Y, sin embargo, su manera de vivir y de aprender de la vida nos habla de una condición que vale la pena escuchar, entender -y, ¿por qué no? imitar-. Son maestros en la plena acepción de la palabra. Seres que, más allá de su formación académica, están en condición de transmitir verdadera sabiduría de vida, aprendizaje de humanidad en el más pleno sentido de la palabra.

viernes, 6 de marzo de 2020

ESPERANZA

Esperanza: tiene que ver con imaginación, con el propósito de fortalecernos en un ideal. Nos pertenece en la medida en que seamos capaces de alimentarla. Es impulso, orientación, apoyo, respuesta; posibilidad de hacer, de proseguir, de entregarnos a la ilusión y a la potestad de crear. Es vitalizadora. Nos sostiene. Nos alimenta. Nos señala una manera de vislumbrar, de apostar por cuanto identifique nuestra visión de lo humano.
Actuamos movidos por una esperanza que dé un sentido a nuestros fines, valide nuestras acciones; nos fortalezca en la intención de superar retos, de apartarnos del pesimismo, de dibujar un significado a esos proyectos en los que -acaso desde siempre y tal vez inconscientemente- imaginábamos divisar la forma de un personal destino.
La esperanza legitima propósitos. No podría dejar de relacionarse con la realidad. Ella solo es posible en la acción, en los propósitos por cumplir. Carece de sentido en la sola ilusión o en la pasiva espera. Sola nunca ganará luchas, pero sin ella cualquier lucha flaquea.
Escogemos la esperanza y escogemos decirla; compartirla. Opción de vida y opción para nuestras voces: esas palabras que escogemos transmitir a otros. Con ellas comunicamos esperanza traducida en ciertas razones de nuestro tiempo individual y en ciertos ideales de convivencia.