Valoración del cambio, de la
pequeña transformación, de la mínima alteración. Cambiar por cambiar, porque
sí, porque hay que hacerlo, porque así lo exige el desasosegado ritmo de
nuestros días demasiados iguales unos a otros. Obsesión de cambio que es, también,
obsesión de rapidez. Una rapidez que pareciera habernos convertido a todos los
hombres en víctimas de nuestros propios espejismos. La velocidad es la
consecuencia de un tiempo como el nuestro que, más que vivirse, se consume. Un
tiempo que es apresuramiento, prisa sin norte. Corremos, corremos todos, sí,
pero... ¿hacia dónde?