viernes, 13 de enero de 2017

PERSPECTIVA

Item perspectiva: voz latina que significaba “mirar a través”: noción relacionada con la natural abstracción de la mirada; pero, sobre todo, con la manera que todos tenemos de ver las cosas: desde eso que es y ha sido nuestra historia. En ésta, lo imprevisible y lo contradictorio suelen ser signos frecuentes. Nuestra vida está marcada, a la vez, por lo impredecible y lo rutinario, por lo coherente y lo confuso. A lo largo de nuestros días podemos ser diferentes y semejantes. Somos permanencia y somos cambio, tan genuinas son nuestras evoluciones como ciertas inalterables esencias que nunca nos abandonan. Rara vez totalmente seguros de nosotros mismos, no cesamos de buscar verdades a las cuales apostar.
Toda noción de apuesta apela a la de juego. En este caso, al juego de vivir, donde, al igual que en cualquier otro, hay normas que nos imponemos nosotros mismos; y, también, resultados que se nos van revelando poco a poco o repentinamente.
Acaso sea el juego una de las más naturales expresiones de nuestra supervivencia, una de las formas más auténticas de nuestra humanidad. Jugamos para vivir, para ayudarnos a vivir. Jugamos porque sentimos la necesidad de hacerlo, porque nos sabemos libres o porque queremos ser libres. El juego nos fortalece. Nos apoya. Nos afirma junto a pasos y propósitos. Nos ayuda a expresarnos; a comunicar nuestra sabiduría o nuestras dudas, nuestras certezas o nuestros temores. Jugamos porque nos conocemos o jugamos para llegar a conocernos. En nuestro juego somos y a nuestro juego nos entregamos de cuerpo entero.
Una de las expresiones más naturales y trascendentes del juego es el arte. Desde siempre el ser humano sintió la necesidad de rodearse de expresiones estéticas surgidas de su alma, de su historia personal. La era moderna contempló el debilitamiento paulatino y la desaparición de viejos dioses. Una ausencia que nos dejó a los hombres más a solas con nosotros mismos, forzados a descubrir nuevas devociones y afirmarnos en otras creencias.
A comienzos del siglo XIX, Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon, dijo que como ya el cristianismo había comenzado a desgastarse, y puesto que los hombres siempre necesitarían alguna forma de devoción, el arte era el llamado a ocupar ese espacio que la religión dejaba vacío. Era una declaración de fe en el poder del arte, en el sentido ético de la creación estética; en la facultad de ésta para transmitir verdades que, individual y colectivamente, siempre será necesario a los seres humanos conocer. Era, también, el reconocimiento de que el arte nos acerca a nuestra humanidad porque él hace más visibles las sensaciones, los sentimientos, las experiencias; y porque abre la posibilidad a nuevos descubrimientos o a la revelación de imprevistas correspondencias entre las cosas. 
Hoy la idea del arte como una religión acaso luzca exagerada, pero, sin duda, permanece en el imaginario colectivo la visión de la creación artística como expresión de una extrema honestidad individual; un esfuerzo capaz de asignar un sentido a todo: incluso a la vida misma. Persiste, también, la imagen del artista como encarnación de algunos de los más dignos comportamientos humanos: libertad, autonomía, honestidad, compromiso, pasión… Aceptamos que todo creador, para merecer tal nombre, necesita permanecer libremente comprometido con su labor.
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En su relación con la obra por crear, el artista puede proponerse legitimar esa particular temporalidad que es. El ejercicio de su creatividad, acaso más allá de cualquier otro esfuerzo, lo sostiene en su camino. Según Gilles Deleuze, el arte es un gesto de resistencia del creador. ¿A qué? Tal vez al  tiempo que lo desgasta, al sinsentido, al tedio, a la incertidumbre, al temor, a la desilusión, al desvanecimiento… 

lunes, 12 de diciembre de 2016

MAESTRÍA DE LA VOZ

Maestría de quien, con su voz,  comunica imaginarios, ideas, visiones, saberes, experiencias... Pericia de poetas y maestros. ¿No fueron a menudo ambos autores de muy parecidas entonaciones? ¿No nos condujo muchas veces la voz de un poeta o las palabras de un maestro hacia certeros y definitivos aprendizajes?
Todos escogemos autores y todos elegimos maestros; y ambas elecciones nos describen.
El maestro luce más consciente de los significados y alcances de su voz, más en posesión de lo que quiere decir; más reflexivo que el poeta, quien escribe desde sentimientos que lo inspiran, emociones destinadas a desvanecerse en beneficio de una voz protagonista siempre de sí misma.
La voz del poeta se acerca a las miradas de sus lectores; la del maestro, a la atención de sus discípulos… Importancia de las dos para quienes aprovechan las palabras de uno y otro.
Voces que comunican lo necesariamente comunicable, de llamativo protagonismo junto a verdades convertidas en significado; voces que viven por sí mismas, sin ignorar que su recepción decide su vida, su perdurabilidad posible.
Existen naturales diferencias entre la voz del poeta, nacida en medio de la soledad de muchos monólogos, y la del maestro, nacida al calor del diálogo. Lo que dice el maestro lo escuchan sus discípulos. Lo que escribe el poeta, en su solitario acto creador, carece de testigos. Pero, acaso, nos comunicamos con el poeta de la misma manera como lo hacemos con el maestro. Junto al poeta nos acercamos a un determinado modo de escritura: género, estilo, entonación… Del maestro aprendemos perspectivas, saberes, comprensiones. En las palabras de uno y de otro descubrimos develamientos que son respuestas.
La voz del poeta está destinada a trascender. Solo así podrá conjurar el riesgo del inútil solipsismo. Por su parte, el maestro al hablar, no solo es escuchado, también es visto. Se lo oye y se lo ve. Sus voces pueden acompañarse de cierta teatralidad, lo que en modo alguno las convierte en superficiales o frívolas.
Al contrario de lo que dice el adagio, a la palabra del maestro nunca “se la lleva el viento”. No: ella permanece. Lo que dice aquí y ahora perdurará allí y después. Su destino no es solo transmitir conocimientos; también orientar, estimular. No impone convicciones: enseña al discípulo a defender las suyas propias.
Al escuchar la voz del maestro, el joven aprende a conquistar su propia voz. Aprende el discípulo de su maestro y aprende éste de aquél. Aprende el maestro al tiempo que enseña. Aprende de sus preguntas y enseña a partir de sus respuestas. Existe en él la imagen del ejemplo. Entiende su profesión como comunicación de verdades de vida. Su palabra, irrefutablemente humana, nunca podría desentenderse de cuanto le resulta esencial decir.
Comentó alguna vez Borges que todo espacio de voces aspiraba a su propia estética, amparada por una ética de lo auténtico. Estética de la forma y ética de la voz que vive como un reflejo de la vida de su creador. El Premio Nobel de Literatura, Gao Xingjian, en su discurso de agradecimiento al recibir el galardón de la Academia Sueca, habló de cierta escritura a la que definió de “literatura fría”: respuesta a una necesidad ética, a una urgencia de vida de la parte de su creador. Acaso algo parecido a cierta opción del maestro: convertir su enseñanza en paideia: transmisión de valores, comunicación de una sabiduría de vida
Tanto en el caso de la literatura como en el de la enseñanza, se trata de acercar la voz a la vida; de humanizar la expresión, de comunicar humanidad. Recuerdo una figura empleada por el poeta Rafael Cadenas: “… una colmena donde se oculta un arcoíris…”
La colmena: estructura habitada y habitable, evocación de empeños y de esfuerzos.
El arcoíris: etérea y colorida visión de imaginarios, sentimientos, ilusiones, ideas...
Una colmena: espacio que es expresión de la experiencia del maestro.
Un arcoíris: imaginación y emociones del poeta irradiando una escrita luz…
Maestros y poetas: autores que nombran siempre desde el lado de la vida, traducen lo humanizador, pronuncian voces que testimonian lo verdadero y lo bello en la verdad.

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Enseñanza y poesía: confirmación, a través de las palabras, de un tiempo y de un camino hechos de vida.

martes, 6 de diciembre de 2016

REÍR: UNA EXPRESIÓN DE LIBERTAD

Reír es el gesto natural que logra apartarnos –así sea por muy breves momentos- de realidades incomprensibles o desagradables.
La risa crece y echa a volar con fácil espontaneidad. La risa es contagiosa: reímos con la risa de otros; también es invasora: rápidamente se extiende a todos los espacios hasta hacerse carcajada colectiva. Puede ser eficaz recurso contra lo grotesco o lo inadmisible; cuanto más insostenibles los argumentos, más inservibles las comprensiones o inútiles las razones, la carcajada, la hilaridad refutan razones, conjuran temores.
Asociamos reír con libertad. Reímos porque somos libres de hacerlo. Reímos de lo que nos desconcierta; eventualmente, también, de eso que muchos otros creen y somos incapaces de compartir.
Recuerdo dos referencias literarias en torno a la risa. La primera, la muy conocida novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. En su trama se cuenta como el padre Jorge, bibliotecario de un monasterio medieval, asesina a todos aquéllos que tuvieron contacto con cierto legendario manuscrito de Aristóteles que trataba sobre el tema de la risa. La convicción del sacerdote, idéntica a la de la Iglesia de ese entonces, es que la risa es muy peligrosa porque desmitifica y distorsiona. Introduce la sedición y la blasfemia.  Profana lo sagrado y verdadero.
La segunda referencia pertenece a Mikhail Bakhtine, quien en su libro Estética y teoría de la novela, dice admirar a Rabelais y a Cervantes por haber recuperado un saber característico del mundo antiguo. Reír y hacer reír fue lo que hicieron autores como Aristófanes o Petronio. Sin embargo, la risa pareció alejarse de la Europa de la Edad Media. Cito a Bakhtine: “Después de la caída del mundo antiguo, Europa no conoció la magia del reír: la risa no fue jamás contaminada por el burocratismo corriente, por el espíritu oficial necrosado. La risa permanecía fuera de la mentira oficial. Sólo la risa logró escapar a la contaminación de la mentira”.
Espíritus necrosados o necrosamiento del espíritu por culpa del poder, de la autoridad: la risa puede ser un muy sano conjuro contra ellos.
Con su escritura, el novelista checo Milan Kundera ha ejercido eso que él mismo llama la “sabiduría de la novela”. ¿En qué consiste? El propio Kundera responde acudiendo a un viejo proverbio judío: “El hombre piensa, Dios ríe”. La risa de Dios supera las acciones y pensamientos de los hombres; pero, sobre todo, supera sus consignas, sus lemas, sus ideologías.
Kundera dice que escribir supone para él dibujar “metáforas pensantes”. También ha dicho que nuestro mundo moderno es una trampa para el ser humano. Desde esa convicción, ha interrogado a Kafka: ¿Qué posibilidades tiene el hombre en un mundo kafkiano? El mismo Kundera se responde: “Kafka no desveló tal o cual organización social, sino una situación existencial del hombre que vive en el mundo moderno.
Para el ser humano solo es posible vivir en un mundo sustentado sobre ciertos valores. La literatura -el arte- es una manera de representar esos valores que trascienden sistemas de pensamiento, creencias y, desde luego, ideologías. Entre la razón realmente humana y las ideologías media la infinita distancia de las vivencias, de las emociones, de las memorias individuales. El arte es experiencia humana convertida en imagen.
Hace años, Imre Kertsz, escritor húngaro, galardonado con el Premio Nóbel de Literatura del año 2002, y sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, dio una conferencia que tituló “El intelectual superfluo”. En ella estableció una radical oposición entre experiencia de vida e ideología. Aquélla, dice, perturbará siempre al ideólogo, ese ese ser incapaz de ver las cosas por sí mismo, imposibilitado también de reconocerse en la sensibilidad o en la imaginación.
Mientras el artista siente y sabe que la libertad lo es todo para él, el ideólogo tiene miedo a la libertad. Ella lo confronta consigo mismo, le muestra demasiado descarnada su imagen en el espejo de la vida.
Cuando ya no pudo seguir viviendo en su país, Kundera se exiló. Le resultaba imposible obedecer a irrefutables preceptos, claudicar ante agobiantes principios. ¿Su respuesta? Territorializarse en su escritura, escribir aferrado a su autenticidad y rebeldía.
Rebeldía: sustento de una ética que asigna significados a la diferencia esencial de todo individuo. Si éste posee la madurez suficiente para apartarse de las limitaciones de sus caprichos y laberintos, acaso logre descubrir en su rebelión la fuerza para construir metas que supo diseñar por sí mismo. Rebelarse en modo alguno constituye un acto relacionado con resentimiento o nihilismo. Tiene que ver con algo mucho más sencillo y honesto: aceptar eso que nunca podríamos dejar de ser.

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La rebeldía literaria de Kundera se apoya frecuentemente en la oposición entre una desmemoria  histórica de Estados y burocracias y una memoria humana individual que ha vivido y ha descubierto verdades esenciales en la vida. “El Estado es el olvido”, dice Kundera en su libro Los hacedores de mapas. Frente a ese olvido, la memoria del escritor puede servirle a éste para evocar la historia que lo envuelve; historia personal que desconfía y duda de cultos colectivos; historia de una persona capaz de apoyarse en sí misma y entenderse y llegar a aprobarse éticamente en medio de los vaivenes y confusiones de su tiempo.

viernes, 25 de noviembre de 2016

PALABRAS, REFLEJOS DE HUMANIDAD

Me gusta leer los discursos de agradecimiento  de quienes resultan laureados con el premio Nóbel de Literatura. En ellos, seres de palabras generalmente ya hacia el final de sus vidas, suelen transmitir una sabiduría a la que siempre resulta enriquecedor acercarse.
Hace algunos años, Ohran Pamuk, al recibir el Nobel, narró la siguiente anécdota: poco antes de morir, su padre le mostró unos manuscritos suyos, y le pidió su opinión. Por un tiempo Pamuk no se atrevió a leerlos. Temía que si relacionaba a su padre, ese ser entrañable a quien tan bien conocía como alguien extrovertido y siempre amigo de fiestas, con eso que el propio Pamuk sabía que son los escritores: seres solitarios, infatigables indagadores de sus voces; entonces, o bien su padre no era la persona que él tanto creía conocer, o su percepción de la escritura y los escritores estaba del todo errada.
Leídos los textos, Pamuk comprende que no se ha equivocado ni con lo uno ni con lo otro. En su padre no habitaba un escritor. Sus páginas no apuntaban sino hacia un entretenimiento ligero, muy poco relacionado con el cotidiano esfuerzo de quien, apasionada e incansablemente, hurga en el mundo de sus voces.
Otro discurso literario que me llamó la atención fue el de la rumano-alemana Herta Müller, que comienza con una reflexión: “Los objetos no conocen su material, los gestos no conocen sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia. Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos.”
Si las palabras de Pamuk se referían a soledad; las de la Müller se relacionan con libertad. Libertad para resistir injusticias, para oponerse a circunstancias humillantes y anuladoras, para enfrentarse a ideológicos adoctrinamientos, para descubrirse a ella misma en el espacio de su conciencia.
Años antes de Pamuk y la Müller, Neruda había dicho al recibir el Nóbel: “Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados, los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres.”

-->      Escribir para que el mundo interior del poeta y el mundo del infinito afuera se comuniquen; para que la escritura, reflejo de la humanidad de su creador exprese la individual residencia de éste: morada de su libertad y de su honestidad.

domingo, 6 de noviembre de 2016

VOZ DURADERA, NECESARIA



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                                                                                                        A Irma


La voz del amor nos permite distinguir más lejos de cualquier ahora. Acompaña revelaciones destinadas a ser certeza. Nos humaniza y fortalece, otorgando a cuanto nos rodea un sentido necesario.
La voz del amor nos lleva a existir para alguien, ser parte del mundo de alguien, convertirnos en el mundo para alguien…
La voz del amor dice que amamos porque escogimos una manera de residir y de crecer dentro de un tiempo hecho entre dos. Nos comunica con quien fuera parte de nuestra propia evolución. Nos dice que nuestros sentimientos son verdad y son respuesta, y que hay algo de exacto y de hermoso en compartir esos años que nos fueron construyendo.
Como todo en la vida, el amor está hecho de tiempo, y la voz del amor nos lleva a descubrir, junto a un indudable otro, nuestro sentido construido por el tiempo. Es el tiempo quien traduce nuestros significados; quien los acrecienta y consolida; quien hace inconcebible la vida en ausencia de esa mujer que escogimos amar; quien convierte la experiencia de vivir en humanísimo sentido; quien nos hace agradecidos por haber sido amados por ella; quien descubre para nosotros, en su rostro, argumentos definitivos.
El tiempo, y solo él, nos muestra el sentido del único camino posible.
El tiempo, construido junto a quien construyera con nosotros su propio tiempo, pertenece a la realidad que somos: irrenunciable compromiso de nuestra propia libertad.
El tiempo va haciéndonos entender: hacia dónde dirigirnos, dónde situar lo importante, cómo apoyarnos en lo irremplazable.
El tiempo dibuja los trazos del amor consolidado, fortalecido en la forja de años vividos al lado de quien no podríamos abandonar sin traicionarnos.

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Solo el tiempo y su memoria nos dicen que es verdadero y es bello cuanto señale el aprendizaje de nuestra propia humanidad. Solo el tiempo logra comunicarnos lo insoportable de una vida recorrida en soledad. Solo el tiempo nos permite escuchar las cálidas entonaciones de esa voz que traduce para nosotros el amor.