jueves, 3 de noviembre de 2016

UN TEATRO PARA VENEZUELA

La historia puede darnos explicaciones sobre el presente; ayudarnos a entenderlo mejor, también alentarnos a corregirlo. Interpretar el ahora desde la óptica del pasado acaso sea insuficiente pero nunca resultará ser una aventura infructuosa.
En la situación actual de Venezuela, donde una Asamblea Nacional, libremente elegida por la inmensa mayoría del pueblo, aparece enfrentada a la discrecionalidad de un impopular presidente apoyado por un Consejo Nacional Electoral y un Tribunal Supremo de Justicia, encargados de acatar lo que en modo alguno se debería acatar y dictaminando decisiones absurdas destinadas a complacer la voluntad del jefe máximo, convendría recordar algunas anécdotas del tiempo primero de nuestra historia venezolana.
Durante los siglos coloniales, tres poderes públicos se enfrentaron frecuentemente en la provincia de Venezuela: obispado, gobernación y cabildo. Tres poderes: cada uno de ellos feroz defensor de sus competencias. El gobernador español, en nombre del Rey, predominaba, en principio, por sobre los amos locales que legislaban desde el ayuntamiento. Sin embargo, en la realidad de los hechos, éstos imponían frecuentemente su visión, más cercana a la realidad de la región.
De un lado, pues, la actitud del funcionario real: mentalidad de paso, altanero ademán del administrador que cuenta con el poder político y lo ejerce. Del otro lado, la visión de los amos locales: más inmediata y pragmática. El mantuanaje criollo se siente y se sabe representante natural de la provincia. Frecuentemente existe una auténtica y válida comunicación entre él y el pueblo. En diversas actas que recogen sesiones de cabildos aparece, desde finales del siglo XVII, el expresivo calificativo con el que se nombran a sí mismos sus integrantes: “Padres de la Patria”. Desde el ayuntamiento, alcaldes y regidores toman las decisiones que atañen a la vida de Venezuela; y, en ocasiones, todo el pueblo es quien participa directamente en esas decisiones, a través de los llamados Cabildos Abiertos.
En el caso venezolano, además, el Ayuntamiento gozaba de una potestad inusual dentro del Imperio Español. Por Real Cédula, Felipe II había otorgado al capitán y conquistador Sancho Briceño, uno de los fundadores de la ciudad de Trujillo, un atributo muy especial: los alcaldes ordinarios podrían ejercer interinamente la gobernación de la región en caso de muerte de los gobernadores regulares. El privilegio era importante: significaba la cristalización de un anhelo de autonomía frente a la intromisión peninsular. Sancho Briceño fue, incluso, más allá: llegó a pedir a Felipe II que, dada la pobreza de Venezuela, bastase para su gobierno sólo con los alcaldes ordinarios; es decir: que no se enviase desde España Gobernador alguno. Para esa solicitud ya no hubo respuesta real. Sin duda el monarca la consideró excesiva.
Gobernadores que pretenden ignorar la autoridad de los cabildos, miembros del cabildo que se niegan a aceptar los abusos de los Gobernadores: en ese enfrentamiento puede leerse mucho del itinerario político de tres siglos de historia venezolana, como da clara cuenta de ello un sacerdote venezolano: Blas José Terrero (1735-1802). Cronista franciscano, Terrero, con lujo de detalles, describe en su libro: Teatro de Venezuela y Caracas la vida política venezolana de entonces. En un determinado momento narra cierta pugna surgida entre los alcaldes del cabildo caraqueño, de un lado; y el Gobernador y el Obispo, del otro.
Terrero inclina sus simpatías hacia los representantes de la Corona. A los alcaldes criollos los acusa de ejercer un “mulatismo fermentado”, capaz de “cometer desacatos tan horribles como sacrílegos”. Aunque también criollo, Terrero es defensor de la autoridad real y violento acusador de los miembros del ayuntamiento. Su indignación se extrema al referir como el cabildo caraqueño logró deponer de su cargo al Gobernador: “Altérase el cabildo (...) y valiéndose los alcaldes de aquella despótica facultad que se habían atribuido por la cédula de 18 de setiembre de 1676, deponen al Gobernador de su empleo y resumen en sí la autoridad, para proceder con más desembarazo a la ejecución indiscreta de sus mentecatos designios.”
Personalmente, en las páginas de Terrero distingo una imagen por demás extraña a la historia venezolana: un Cabildo  -fuerza colectiva de los pobladores de una sociedad, o de la voluntad de esos pobladores-  enfrentado a un Gobernador –potestad individual-; y destituyéndolo. Para los venezolanos una referencia; o mucho mejor: un ejemplo. Valioso ejemplo que hubiésemos debido imitar más a menudo. No hacerlo nos arrastró a uno de nuestros mayores errores políticos: acostumbrarnos demasiado a muy débiles instituciones y a muy poderosos jefes.
Un poder municipal derrotando al despotismo: siento que esa vieja imagen que nos retrata el sacerdote Terrero en su Teatro de Venezuela y Caracas, podría, hoy por hoy, inspirar a un país decidido a plegarse menos al capricho de un jefe y a la adulación de sus cofrades. Un país decidido a devolver el protagonismo necesario a instituciones capaces de encarnar una voluntad democrática que, acaso, venga de muy antiguo en Venezuela: se remonta a los viejos días coloniales, tan denostados o ignorados por una historia oficial por demás indiferente a cuanto no sea el recuerdo consagrado de la Independencia.