Es ahora: ese tiempo
que, siempre en presente, nos pertenece y define, nos sostiene o vulnera.
Escritor, ensayista, poeta y docente venezolano. Ganador del Premio Nacional de Ensayo Mariano Picón Salas del Ministerio de la Cultura de Venezuela en 1992, fue miembro del jurado de dicho premio en la edición de 1993. Igualmente fue miembro del jurado del Premio Internacional de Cuento Francisco Herrera Luque y Presidente del I Congreso de Legislación Cultural Municipal, realizado en en febrero del año 1993 en la Universidad Simón Bolívar.
domingo, 19 de marzo de 2017
sábado, 18 de marzo de 2017
SOMOS INTENCIÓN DE PORVENIR...
Somos
intención de porvenir. Somos nuestras respuestas: a veces, ficticias; otras,
insuficientes, muy a menudo incomprensibles para la inmensa mayoría de los
otros… No importa: son nuestras.
domingo, 12 de marzo de 2017
LA VOZ DEL JOVEN...
La voz del joven que empieza a vivir suele ser gárrula, vociferante. No se conoce a sí misma. Desconoce su intensidad. Ignora su alcance.
El joven busca su voz, que es lo mismo que decir que se busca a sí mismo. Vive rodeado de espejismos en los que obsesivamente cree.
-->Todos precisamos espejismos, pero el joven, incapaz de desconfiar de esas apariencias en las que le resulta cómodo, necesario o esperanzador creer, es excesivamente crédulo ante los suyos.
viernes, 10 de marzo de 2017
ENFRENTO...
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Enfrento
mis despropósitos y equivocaciones apoyándome en una idealizada visión de
destino...
sábado, 4 de marzo de 2017
EN CADA UNA DE NUESTRAS HORAS...
En cada una de nuestras horas, aún las más oscuras, ir forjando nuestro rostro caminante; distinguiendo retos por vencer y razones por conquistar; tratando de no debilitarnos por rencores o sospechas; viviendo cerca de nuestros propósitos; desconfiando de la inconclusión de las intenciones, de los pasos inciertos, de las interrogantes nunca respondidas; recelando de la voluntad sin norte, de la falta de ilusiones, de la carencia de compromiso, de los innecesarios apresuramientos, de la falsa inspiración, de la ingenuidad incapaz de reconocerse a sí misma, del resentimiento, de la fragilidad sin contrapeso, de la atolondrada rebeldía, del inconformismo volcado sobre sí mismo, del incesante desaliento, de la mórbida apatía…. .
Lúcidos ante el sentido de cada una de nuestras batallas, hacernos maleables frente al tiempo, aceptando que existen errores irremediables y espacios definitivamente cerrados para nosotros.
Lúcidos ante el sentido de cada una de nuestras batallas, hacernos maleables frente al tiempo, aceptando que existen errores irremediables y espacios definitivamente cerrados para nosotros.
Al margen de paradojas y despropósitos, de miedos y sospechas, apoyarnos en certezas y esperanzas. En lugares inusuales –inusuales para los demás, claro- sobreponernos a muchos días informes.
-->Empeñados en no extraviar ni desperdiciar argumento alguno, sostenernos en la autenticidad de nuestras búsquedas, permaneciendo fieles a ciertas ilusiones sobre las que construirnos y reconstruirnos interminablemente…
martes, 28 de febrero de 2017
ROMPECABEZAS, O, TAL VEZ...
-->Rompecabezas o, tal vez, peculiar ajedrez cuyos movimientos únicamente un solitario jugador conoce y decide. Solo él sabe de las reglas de su juego, de sus posibles desenlaces, de sus eventuales recompensas; y, sin embargo, ni por un momento duda que en ese extraño juego suyo acaso repose la razón misma de su existencia.
miércoles, 8 de febrero de 2017
ESCRIBIR NOS PERMITE...
Dije hace algún tiempo: “Escritura para asomarnos al mundo y explorarlo desde la particularidad de nuestra subjetividad interior, de nuestra mirada y nuestra palabra.” Pero, con esa palabra nuestra… ¿Decir qué? Principalmente esas verdades y esas convicciones que fueron dando forma a nuestro tiempo, a nuestra propia realidad.
Escribir nos permite relacionarnos con el mundo desde esa voz surgida de un centro que somos o escogimos ser; morada poblada con nuestras creencias y sueños, con nuestras ilusiones y recuerdos, con todo eso que, de una u otra forma, es nuestra respuesta ante la vida. Y pienso que la escritura existe para comunicar a esos otros con quienes nos relacionamos esa respuesta. Y se trata de hacerlo con una voz protagonista que es una, una sola y siempre la misma: aspirante a la exactitud, a una relación armoniosa entre su forma y lo que esa forma expresa.
Tal como lo veo, la escritura no podría nunca dejar se ser reunión de dos realidades: de un lado, dibujo de palabras con las que expresar imágenes e ideas; del otro, las voces convertidas en finalidad en sí mismas. Y a ninguna de esas dos realidades podríamos -si, como en mi caso, somos maestros y, a la vez, seres que amamos las palabras- ser indiferentes.
Alguna vez el escritor venezolano Enrique Bernardo Núñez dijo que nada era poético hasta no ser tocado por la poesía. Y, desde luego, siempre será poética una palabra que se esfuerza en ser plenitud de la forma en indisoluble relación con lo expresado; voz siempre poética, aunque le demos diversos nombres, por ejemplo: voz ensayística.
El ensayo es la expresión de un alma humana en la que caben memorias y opiniones, saberes y anhelos, propósitos y fantasías. Como dijera George Lukacs: el ensayo es la forma de la voz expresando el espíritu de un hombre.
Miguel de Montaigne acuñó para el ensayo un término aplicable a la vida misma: escritura del tiento, del avance paulatino, de la mesura. Un maestro que sea, también, un amante de la escritura, distinguirá en el ensayo el género natural de su comunicación y entenderá que escribir ensayos es su mejor manera de nombrar respuestas personales asociadas a su vida.
Suele definirse a la escritura como el más solitario de los oficios, y al escritor como un ser naturalmente obligado a la soledad. Afirmación muy cuestionable. Si bien es cierto que solitariamente escribimos, lo hacemos siempre con el convencimiento de un destino y de un destinatario para esas voces nuestras encargadas de expresar verdades que nos resulta imposible callar.
-->“Las verdades que se callan se hacen venenosas”, dice Nietzsche en algún momento de su obra. Y, acaso, el punto de partida de la actividad de un maestro sea el proponerse no callar sus verdades. No podría ser de otra manera: colocamos nuestra vocación como maestros y nuestro amor por las palabras al servicio de la comunicación de nuestras respuestas a la vida.
Escribir nos permite relacionarnos con el mundo desde esa voz surgida de un centro que somos o escogimos ser; morada poblada con nuestras creencias y sueños, con nuestras ilusiones y recuerdos, con todo eso que, de una u otra forma, es nuestra respuesta ante la vida. Y pienso que la escritura existe para comunicar a esos otros con quienes nos relacionamos esa respuesta. Y se trata de hacerlo con una voz protagonista que es una, una sola y siempre la misma: aspirante a la exactitud, a una relación armoniosa entre su forma y lo que esa forma expresa.
Tal como lo veo, la escritura no podría nunca dejar se ser reunión de dos realidades: de un lado, dibujo de palabras con las que expresar imágenes e ideas; del otro, las voces convertidas en finalidad en sí mismas. Y a ninguna de esas dos realidades podríamos -si, como en mi caso, somos maestros y, a la vez, seres que amamos las palabras- ser indiferentes.
Alguna vez el escritor venezolano Enrique Bernardo Núñez dijo que nada era poético hasta no ser tocado por la poesía. Y, desde luego, siempre será poética una palabra que se esfuerza en ser plenitud de la forma en indisoluble relación con lo expresado; voz siempre poética, aunque le demos diversos nombres, por ejemplo: voz ensayística.
El ensayo es la expresión de un alma humana en la que caben memorias y opiniones, saberes y anhelos, propósitos y fantasías. Como dijera George Lukacs: el ensayo es la forma de la voz expresando el espíritu de un hombre.
Miguel de Montaigne acuñó para el ensayo un término aplicable a la vida misma: escritura del tiento, del avance paulatino, de la mesura. Un maestro que sea, también, un amante de la escritura, distinguirá en el ensayo el género natural de su comunicación y entenderá que escribir ensayos es su mejor manera de nombrar respuestas personales asociadas a su vida.
Suele definirse a la escritura como el más solitario de los oficios, y al escritor como un ser naturalmente obligado a la soledad. Afirmación muy cuestionable. Si bien es cierto que solitariamente escribimos, lo hacemos siempre con el convencimiento de un destino y de un destinatario para esas voces nuestras encargadas de expresar verdades que nos resulta imposible callar.
-->“Las verdades que se callan se hacen venenosas”, dice Nietzsche en algún momento de su obra. Y, acaso, el punto de partida de la actividad de un maestro sea el proponerse no callar sus verdades. No podría ser de otra manera: colocamos nuestra vocación como maestros y nuestro amor por las palabras al servicio de la comunicación de nuestras respuestas a la vida.
miércoles, 1 de febrero de 2017
RESPUESTAS
Suele definirse a la paranoia como un acogernos, en nuestra comunicación con el mundo, a muy personales interpretaciones de cuanto nos rodea y sucede. El paranoico toma la realidad y la introduce en el diseño de sus miradas, deformándola en beneficio de su manera de entender y sentir. Cabe concluirse, entonces, que todos los seres humanos tenemos algo de paranoicos; o mejor, que sin cierta dosis de paranoia, la existencia sería insoportable.
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Recuerdo una frase de Simone de Beauvoir: “Declarar que la existencia es absurda es negar que se le pueda dar sentido alguna vez; decir que es ambigua es afirmar que su significado nunca es el mismo, que constantemente ha de ser adquirido.” Ante una existencia ambigua o percibida como ambigua, los seres humanos oponemos nuestra autonomía, nuestra “paranoia”: memoria de una historia personal hecha de recuerdos y valoraciones, de propósitos y obsesiones, de convicciones y espejismos; pero, acaso sobre todo, de la suma de muchas preguntas y del incesante esfuerzo por identificar algunas más o menos nítidas respuestas…
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Recuerdo una frase de Simone de Beauvoir: “Declarar que la existencia es absurda es negar que se le pueda dar sentido alguna vez; decir que es ambigua es afirmar que su significado nunca es el mismo, que constantemente ha de ser adquirido.” Ante una existencia ambigua o percibida como ambigua, los seres humanos oponemos nuestra autonomía, nuestra “paranoia”: memoria de una historia personal hecha de recuerdos y valoraciones, de propósitos y obsesiones, de convicciones y espejismos; pero, acaso sobre todo, de la suma de muchas preguntas y del incesante esfuerzo por identificar algunas más o menos nítidas respuestas…
viernes, 13 de enero de 2017
PERSPECTIVA
Item perspectiva: voz latina que significaba “mirar a través”: noción relacionada con la natural abstracción de la mirada; pero, sobre todo, con la manera que todos tenemos de ver las cosas: desde eso que es y ha sido nuestra historia. En ésta, lo imprevisible y lo contradictorio suelen ser signos frecuentes. Nuestra vida está marcada, a la vez, por lo impredecible y lo rutinario, por lo coherente y lo confuso. A lo largo de nuestros días podemos ser diferentes y semejantes. Somos permanencia y somos cambio, tan genuinas son nuestras evoluciones como ciertas inalterables esencias que nunca nos abandonan. Rara vez totalmente seguros de nosotros mismos, no cesamos de buscar verdades a las cuales apostar.
Toda noción de apuesta apela a la de juego. En este caso, al juego de vivir, donde, al igual que en cualquier otro, hay normas que nos imponemos nosotros mismos; y, también, resultados que se nos van revelando poco a poco o repentinamente.
Acaso sea el juego una de las más naturales expresiones de nuestra supervivencia, una de las formas más auténticas de nuestra humanidad. Jugamos para vivir, para ayudarnos a vivir. Jugamos porque sentimos la necesidad de hacerlo, porque nos sabemos libres o porque queremos ser libres. El juego nos fortalece. Nos apoya. Nos afirma junto a pasos y propósitos. Nos ayuda a expresarnos; a comunicar nuestra sabiduría o nuestras dudas, nuestras certezas o nuestros temores. Jugamos porque nos conocemos o jugamos para llegar a conocernos. En nuestro juego somos y a nuestro juego nos entregamos de cuerpo entero.
Una de las expresiones más naturales y trascendentes del juego es el arte. Desde siempre el ser humano sintió la necesidad de rodearse de expresiones estéticas surgidas de su alma, de su historia personal. La era moderna contempló el debilitamiento paulatino y la desaparición de viejos dioses. Una ausencia que nos dejó a los hombres más a solas con nosotros mismos, forzados a descubrir nuevas devociones y afirmarnos en otras creencias.
A comienzos del siglo XIX, Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon, dijo que como ya el cristianismo había comenzado a desgastarse, y puesto que los hombres siempre necesitarían alguna forma de devoción, el arte era el llamado a ocupar ese espacio que la religión dejaba vacío. Era una declaración de fe en el poder del arte, en el sentido ético de la creación estética; en la facultad de ésta para transmitir verdades que, individual y colectivamente, siempre será necesario a los seres humanos conocer. Era, también, el reconocimiento de que el arte nos acerca a nuestra humanidad porque él hace más visibles las sensaciones, los sentimientos, las experiencias; y porque abre la posibilidad a nuevos descubrimientos o a la revelación de imprevistas correspondencias entre las cosas.
Hoy la idea del arte como una religión acaso luzca exagerada, pero, sin duda, permanece en el imaginario colectivo la visión de la creación artística como expresión de una extrema honestidad individual; un esfuerzo capaz de asignar un sentido a todo: incluso a la vida misma. Persiste, también, la imagen del artista como encarnación de algunos de los más dignos comportamientos humanos: libertad, autonomía, honestidad, compromiso, pasión… Aceptamos que todo creador, para merecer tal nombre, necesita permanecer libremente comprometido con su labor.
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En su relación con la obra por crear, el artista puede proponerse legitimar esa particular temporalidad que es. El ejercicio de su creatividad, acaso más allá de cualquier otro esfuerzo, lo sostiene en su camino. Según Gilles Deleuze, el arte es un gesto de resistencia del creador. ¿A qué? Tal vez al tiempo que lo desgasta, al sinsentido, al tedio, a la incertidumbre, al temor, a la desilusión, al desvanecimiento…
Toda noción de apuesta apela a la de juego. En este caso, al juego de vivir, donde, al igual que en cualquier otro, hay normas que nos imponemos nosotros mismos; y, también, resultados que se nos van revelando poco a poco o repentinamente.
Acaso sea el juego una de las más naturales expresiones de nuestra supervivencia, una de las formas más auténticas de nuestra humanidad. Jugamos para vivir, para ayudarnos a vivir. Jugamos porque sentimos la necesidad de hacerlo, porque nos sabemos libres o porque queremos ser libres. El juego nos fortalece. Nos apoya. Nos afirma junto a pasos y propósitos. Nos ayuda a expresarnos; a comunicar nuestra sabiduría o nuestras dudas, nuestras certezas o nuestros temores. Jugamos porque nos conocemos o jugamos para llegar a conocernos. En nuestro juego somos y a nuestro juego nos entregamos de cuerpo entero.
Una de las expresiones más naturales y trascendentes del juego es el arte. Desde siempre el ser humano sintió la necesidad de rodearse de expresiones estéticas surgidas de su alma, de su historia personal. La era moderna contempló el debilitamiento paulatino y la desaparición de viejos dioses. Una ausencia que nos dejó a los hombres más a solas con nosotros mismos, forzados a descubrir nuevas devociones y afirmarnos en otras creencias.
A comienzos del siglo XIX, Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon, dijo que como ya el cristianismo había comenzado a desgastarse, y puesto que los hombres siempre necesitarían alguna forma de devoción, el arte era el llamado a ocupar ese espacio que la religión dejaba vacío. Era una declaración de fe en el poder del arte, en el sentido ético de la creación estética; en la facultad de ésta para transmitir verdades que, individual y colectivamente, siempre será necesario a los seres humanos conocer. Era, también, el reconocimiento de que el arte nos acerca a nuestra humanidad porque él hace más visibles las sensaciones, los sentimientos, las experiencias; y porque abre la posibilidad a nuevos descubrimientos o a la revelación de imprevistas correspondencias entre las cosas.
Hoy la idea del arte como una religión acaso luzca exagerada, pero, sin duda, permanece en el imaginario colectivo la visión de la creación artística como expresión de una extrema honestidad individual; un esfuerzo capaz de asignar un sentido a todo: incluso a la vida misma. Persiste, también, la imagen del artista como encarnación de algunos de los más dignos comportamientos humanos: libertad, autonomía, honestidad, compromiso, pasión… Aceptamos que todo creador, para merecer tal nombre, necesita permanecer libremente comprometido con su labor.
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En su relación con la obra por crear, el artista puede proponerse legitimar esa particular temporalidad que es. El ejercicio de su creatividad, acaso más allá de cualquier otro esfuerzo, lo sostiene en su camino. Según Gilles Deleuze, el arte es un gesto de resistencia del creador. ¿A qué? Tal vez al tiempo que lo desgasta, al sinsentido, al tedio, a la incertidumbre, al temor, a la desilusión, al desvanecimiento…
lunes, 12 de diciembre de 2016
MAESTRÍA DE LA VOZ
Maestría de quien, con su voz, comunica imaginarios, ideas, visiones,
saberes, experiencias... Pericia de poetas y maestros. ¿No fueron a menudo ambos
autores de muy parecidas entonaciones? ¿No nos condujo muchas veces la voz de
un poeta o las palabras de un maestro hacia certeros y definitivos aprendizajes?
Todos escogemos autores y todos elegimos maestros; y ambas elecciones
nos describen.
El maestro luce más consciente de los significados y alcances de
su voz, más en posesión de lo que quiere decir; más reflexivo que el poeta,
quien escribe desde sentimientos que lo inspiran, emociones destinadas a
desvanecerse en beneficio de una voz protagonista siempre de sí misma.
La voz del poeta se acerca a las miradas de sus lectores; la del
maestro, a la atención de sus discípulos… Importancia de las dos para quienes
aprovechan las palabras de uno y otro.
Voces que comunican lo necesariamente comunicable, de llamativo protagonismo
junto a verdades convertidas en significado; voces que viven por sí mismas, sin
ignorar que su recepción decide su vida, su perdurabilidad posible.
Existen naturales diferencias entre la voz del poeta, nacida en medio
de la soledad de muchos monólogos, y la del maestro, nacida al calor del
diálogo. Lo que dice el maestro lo escuchan sus discípulos. Lo que escribe el
poeta, en su solitario acto creador, carece de testigos. Pero, acaso, nos
comunicamos con el poeta de la misma manera como lo hacemos con el maestro. Junto
al poeta nos acercamos a un determinado modo de escritura: género, estilo,
entonación… Del maestro aprendemos perspectivas, saberes, comprensiones. En las
palabras de uno y de otro descubrimos develamientos que son respuestas.
La voz del poeta está destinada a trascender. Solo así podrá
conjurar el riesgo del inútil solipsismo. Por su parte, el maestro al hablar,
no solo es escuchado, también es visto. Se lo oye y se lo ve. Sus voces pueden
acompañarse de cierta teatralidad, lo que en modo alguno las convierte en
superficiales o frívolas.
Al contrario de lo que dice el adagio, a la palabra del maestro nunca
“se la lleva el viento”. No: ella permanece. Lo que dice aquí y ahora perdurará
allí y después. Su destino no es solo transmitir conocimientos; también orientar,
estimular. No impone convicciones: enseña al discípulo a defender las suyas
propias.
Al escuchar la voz del maestro, el joven aprende a conquistar su
propia voz. Aprende el discípulo de su maestro y aprende éste de aquél. Aprende
el maestro al tiempo que enseña. Aprende de sus preguntas y enseña a partir de
sus respuestas. Existe en él la imagen del ejemplo. Entiende su profesión como
comunicación de verdades de vida. Su palabra, irrefutablemente humana, nunca
podría desentenderse de cuanto le resulta esencial decir.
Comentó alguna vez Borges que todo espacio de voces aspiraba a su
propia estética, amparada por una ética de lo auténtico. Estética de la forma y
ética de la voz que vive como un reflejo de
la vida de su creador. El Premio Nobel de Literatura,
Gao Xingjian, en su discurso de agradecimiento al recibir el galardón de la
Academia Sueca, habló de cierta escritura a la que definió de “literatura
fría”: respuesta a una necesidad ética, a una urgencia de vida de la parte de
su creador. Acaso algo parecido a cierta opción del maestro: convertir su
enseñanza en paideia: transmisión de valores, comunicación
de una sabiduría de vida
Tanto en el caso de la literatura como en el de la enseñanza, se trata
de acercar la voz a la vida; de humanizar la expresión, de comunicar humanidad.
Recuerdo una figura empleada por el poeta Rafael Cadenas: “… una colmena donde se
oculta un arcoíris…”
La colmena: estructura habitada y habitable, evocación de
empeños y de esfuerzos.
El arcoíris: etérea y colorida
visión de imaginarios, sentimientos, ilusiones, ideas...
Una colmena: espacio que
es expresión de la experiencia del maestro.
Un arcoíris: imaginación y emociones del poeta irradiando
una escrita luz…
Maestros y poetas: autores que nombran siempre desde el
lado de la vida, traducen lo humanizador, pronuncian voces que testimonian lo
verdadero y lo bello en la verdad.
-->
Enseñanza
y poesía: confirmación, a través de las palabras, de un
tiempo y de un camino hechos de vida.
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