Nuestro mundo es, cada vez más, empequeñecido y atiborrado
espacio; con muy pocos lugares fuera del alcance de las miradas, con menores
diferencias entre las cosas. La similitud termina por convertirse en secuela de
la cercanía: lo que está aquí existe también allí, lo que sucede aquí se repite
por doquier, lo usual en un lugar lo es en casi todos los lugares. Pero en
medio de tantas igualdades y reiteraciones, casi como una especie de llamativa
paradoja, dentro de ese espacio nuestro tan global y empequeñecido y semejante,
se multiplican las peculiaridades y proliferan las divergencias. En medio de
tantas similitudes, existe, cada vez más urgente, el apremio de lo personal, la
mitificación de lo diferente, la propensión hacia lo particular, la
idealización de lo único. Los seres humanos, que nos parecemos cada vez más
unos a otros, no cesamos de idealizar la
individualidad y lo individualizado. Y así, la interminable variedad de imposibilidades, lejanías, aislamientos e
irrealidades que rodean a todo ser humano contemporáneo y lo obligan a
contemplar el mundo en medio de una ausente pasividad, chocan con la
generalizada ilusión de que cada individuo pueda llegar a convertirse en
protagonista de sus circunstancias y crecer hasta el tamaño de sus sueños. Rodeados
por cifras y anónimas estadísticas, por rostros multitudinarios y confusos, los
seres humanos convertimos la imagen de lo individualmente singular en conjuro
contra la desidentificación; una forma de preservarnos ante lo
desesperantemente homogéneo. Ser diferentes y ser originales, destacar gracias
a logros y acciones propias, ser percibidos como individualidades próximas a
sus propósitos y convicciones, lograr superar las imposibilidades que a todos
parecieran rodearnos: ideales alusivos a un mismo anhelo de diferenciadora
separatidad.