viernes, 9 de octubre de 2020

CIERTOS IDEALES HUMANOS...

 

    Ciertos ideales humanos están forzados a contradecirse; La justicia necesariamente  complementarse con la misericordia; la libertad y la igualdad, relacionarse con la fraternidad; lo necesario, acercarse a lo justo; lo ideal, convivir con lo real… Correspondencias complementarias, en fin, sin las cuales, tarde o temprano, habrán de cobrar vida excesos capaces de convertir cualquier convivencia social en una forma de infierno.

    Dos de los tres grandes ideales de la Revolución Francesa: la libertad y la igualdad, no tardarían en revelar la imposibilidad de su acuerdo. La libertad convertida en única razón y único principio, significó que muy pocos llegasen a tenerlo todo en perjuicio de una mayoría poseedora de muy poco. La igualdad convertida en única razón y único principio, significó la restricción de oportunidades para casi todos, la eliminación de toda forma de justa diferencia entre las personas, la imposición de inhumanos raseros e, incluso, la aniquilación física para toda forma de divergencia.

    Alguna vez ha recordado Octavio Paz que la voz que hubiera podido servir de equilibrio entre las dos grandes palabras del ideal político contemporáneo, la fraternidad, estuvo siempre ausente de todas las experiencias colectivas. ¿Qué pasó con ella? ¿Por qué fue olvidada? O mejor: ¿por qué jamás existió en programa político alguno? Ella hubiese sido un necesario comodín entre la igualdad y la libertad. Sin la fraternidad, sin su justa complementaridad, pierden validez las otras dos. 

    La fraternidad -podemos llamarla de diferentes maneras: solidaridad, caridad- hubiese sido el signo de lo justo entre la libertad y la igualdad; humanamente necesitadas éstas de la reconciliación impuesta entre las dos otras voces revolucionarias. De hecho, la visión misma de “Revolución”, luce desenmascarada o contradicha hoy en reiterados consecuencias de intolerancia y odio, en interminables consignas de un “nosotros” contra un “vosotros”, en la exclusión como propósito y la aniquilación del otro como desenlace. Asociada en algún momento a ideales de progreso, justicia y virtud, la imagen de la Revolución luce hoy por hoy desengañada en una triste veracidad de fracasos, de corrupción, de ineficacia, de tortura, de persecución, de torpeza infinita…

    A estas alturas, la romántica visión del revolucionario como un ser comprometido a morir y a matar por un sueño, se banaliza y degrada en la de un fanático devoto de ciertos dogmas y repetidor de algunos recetarios. Dispuesto a todo para convertir sus principios en deidades destinadas a la devoción de todos, su única razón es su satisfecha irracionalidad. Su vida, sus ilusiones, sus propósitos se reducen a unas pocas consignas dictadas. El revolucionario triunfante ni duda ni teme; convertido en la imagen misma de lo deshumanizador, su comportamiento se reduce a una lucha a muerte con todo quien disienta de sus verdades. Su voz es el alarido de un energúmeno empeñado en acallar cualquier disidencia.

    Uno de los absurdos más reiterados en la mentira revolucionaria es la idea de felicidad garantizada por el Estado. La felicidad, como ideal o aspiración, siempre tendrá todo que ver con el descubrimiento de una conciencia individual, con la percepción de un ser humano libre para reconocerse y aceptarse en sus más personales elecciones. Cualquier promesa de felicidad a cargo de Gobiernos y Estados, Presidentes o Caudillos, tiranos y tiranuelos, será siempre una promesa falsa o vacía. Jamás podrá existir felicidad alguna decretada en un tiempo por venir y en la voluntad de una cúpula de poder. Jamás los hombres podremos construir sociedades perfectas donde todos seremos felices todo el tiempo. De hecho, ya solo el pretenderlo es el más grotesco mentis a cualquier imagen de sentido común, la más estruendosa de las condenas a cualquier proyecto social.

viernes, 2 de octubre de 2020

SOBRE LA EDUCACIÓN

En su Historia de la educación, Emile Durkheim comienza por formularse una pregunta: “¿Cómo enseñar el hombre y las cosas humanas?”. Solo hay una respuesta: bajo una educación concebida como finalidad de significados, como comunicación necesariamente relacionada a un sentido, a un porqué. Cuanto el maestro comunica a sus estudiantes debería relacionarse con dos finalidades esenciales: ayudarlos a entenderse consigo mismos y a entenderse con el mundo que los rodea.

    Hay un poema de W.A. Auden titulado Otro tiempo, donde el poeta se refiere a esos seres que “… han olvidado como decir Yo Soy”. Acaso, por sobre todo, la educación se trate de enseñar a otros a decir “yo soy”, a comunicarles la importancia de ese “yo soy” del cual depende todo lo demás. Enseñarles a ser ellos mismos y, a la vez, a ser para otros. En todo propósito educativo debería existir esa doble intención: enseñar a vivir individualmente y enseñar a intervenir en el mundo. Dos centrales razones que se remontan al mito platónico referido en el Protágoras, donde Platón describe la educación como el mecanismo necesario tanto para enseñar conocimientos y técnicas como para aprender a comportarnos los hombres unos con otros, de acuerdo a lo que Platón llama “respeto recíproco y justicia”.

    Acaso el sentimiento más importante que, como profesores, podamos experimentar junto a nuestras voces es hacer de ellas espacio de encuentro con nuestros estudiantes; espacio donde hacernos entender, donde expresar verdades en las que creemos, donde defender razones que valoramos. En absoluto se trata de “llevar la voz cantante” sino de hacer de nuestras palabras un puente entre nuestra experiencia y la curiosidad del discípulo, entre nuestra razón y una juvenil razón en busca de su propio camino, entre nuestras vivencias metaforizadas sobre ciertos imaginarios y la experiencia ausente de jóvenes que buscan imágenes donde definirse y reconocerse…

    Como maestros nos parecemos a nuestra manera de decir. El destino de nuestras palabras es su recepción; su posibilidad de iniciar diálogos donde germinen preguntas necesitadas de respuestas. Todo diálogo entre maestro y discípulos comienza con la habilidad de aquél para saber qué preguntar y qué respuestas esperar. Algunas, inesperadas, pudieran enriquecerlo tanto a él como a sus estudiantes. Ni existen preguntas incapaces de respuesta ni existen respuestas absolutamente definitivas o unívocas. El diálogo entre el maestro y sus discípulos debería suscitar en éstos el deseo de aprender. Nunca rutinario, nunca adoctrinador; por el contrario: esfuerzo creativo, vivaz y confidente, ese diálogo es expectativa, punto de partida de la acción educadora. Puede poseer  muchas formas, apoyarse sobre muy variadas ilustraciones, pero está obligado a sustentarse sobre la necesidad de una mutua confianza entre maestro y discípulo. De la parte de éste, confianza en su profesor, en la honestidad de sus ideas y en la veracidad de sus voces. De la parte del profesor, confianza en la voluntad de su discípulo por escucharlo y entenderlo.

 

    

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

NINGUNA EXISTENCIA HUMANA PODRÍA SER MUDA

 

 

 

    Ninguna existencia humana podría ser muda. Todas nuestras experiencias y memorias, todos nuestros aprendizajes y deseos están destinados a convertirse en voces. Vivimos en un mundo de palabras. Somos palabra. Volcamos nuestras ideas, imaginarios, recuerdos y deseos en voces con las que nos relacionamos con nuestra existencia y con la existencia que compartimos con otros.

    Las voces son acto creador; creación, incluso, de nosotros mismos. Al nombrar somos. Al nombrar creamos un orden desde el cual entender y entendernos. Alguna vez habló Heidegger de la muy humana necesidad de “aumentar la vida”. Cito sus palabras: “Toda vida que se limita únicamente a la mera conservación es ya una decadencia.” Aumentar la vida, por ejemplo, en la escogencia de un orden verbal donde reconocernos: orden nuestro que priorice unas cosas y desestime otras; que nos oriente, nos haga preferir, nos lleve a elegir y a rechazar y a decidir; orden donde apoyarnos y definirnos frente a la indiferencia del mundo. Orden convertido en traducción personal de un confuso diseño universal.

 

viernes, 18 de septiembre de 2020

HUMANÍSIMO ESFUERZO...

 

    Humanísimo esfuerzo por conjurar la absoluta arbitrariedad de nuestro entorno; de sobrevivir al azar, al albur sin forma, a la casualidad extrema… Prevenirnos de lo impredecible proponiéndonos respuestas, indagando en cuanto pudiera resultarnos importante o imprescindible conocer, nombrándonos junto a nuestra espiritualidad... En suma: verbalizarnos como una necesaria parábola del sentido de nuestra existencia

viernes, 11 de septiembre de 2020

ACTUAMOS SIEMPRE...

Actuamos siempre -deberíamos hacerlo- en nombre de un “porqué”. En el caso de nuestras voces personales -conquistadas, merecidas- de un porqué destinado a nombrar convicciones, propósitos, sueños, esperanzas… Un porqué donde identificar memorias y anhelos de porvenir, donde dibujar nuestra relación con la realidad. Recuerdo una frase de Borges: “descubrir una entonación, una voz, una sintaxis particular, es haber descubierto un destino”. En suma: el porqué de nuestras voces convertido en sintaxis de nuestra vida y en visión de su destino.

 

viernes, 4 de septiembre de 2020

ACEPTAR PARA LAS PALABRAS...

Aceptar para las palabras la potestad de enunciar lo múltiple, la siempre compleja pluralidad de las cosas y los acontecimientos; pluralismo de sentido como expresión de su poder, de su trascendencia. Junto a las palabras nos definimos en medio de un mundo confuso, paradójico, volátil, contradictorio, impredecible. En ellas conjuramos la incertidumbre, configuramos el esencial sentido de la lucidez, identificamos la fuerza de la esperanza… En suma: en nuestras palabras vislumbramos un mundo de alguna manera ordenado de acuerdo a nuestra propia voluntad.