El desaliento pudo hacerse hábito, forma de pensar y sentir ante demasiado cielo oscurecido. El desasosiego fue consecuencia de la falta de esperanza y la indefensión. Se hizo imposible aceptar que lo peor había pasado ya; imposible la ilusión en medio de un pasado irremediable y mucho hastío a causa de miserias, vacíos y precariedades. Permanecería solo la desazón en el limbo de una perpetuada inopia.