El muy actual imaginario del apocalipsis se proyecta no sólo sobre espacios y destinos colectivos, sino que ilustra, también, cierto terrible final acechando a los cuerpos humanos. Es el caso de la muy contemporánea imagen del SIDA: enfermedad que sólo termina con la muerte, una espantosa muerte que sobreviene tras la acumulación de enfermedades que van destruyendo organismos que, lentamente, se consumen; enfermedad de enfermedades, enfermedad que las encarna a todas, una tras otra. El SIDA es la muerte de lo que se agota poco a poco, de lo que se calcina hasta la incineración total. El SIDA, trágica respuesta de lo desconocido, es una metaforización de lo apocalíptico repitiéndose, ahora, en cada individualidad humana.
Escritor, ensayista, poeta y docente venezolano. Ganador del Premio Nacional de Ensayo Mariano Picón Salas del Ministerio de la Cultura de Venezuela en 1992, fue miembro del jurado de dicho premio en la edición de 1993. Igualmente fue miembro del jurado del Premio Internacional de Cuento Francisco Herrera Luque y Presidente del I Congreso de Legislación Cultural Municipal, realizado en en febrero del año 1993 en la Universidad Simón Bolívar.
domingo, 19 de junio de 2011
viernes, 17 de junio de 2011
HOY DÍA, MUCHO DE LA LITERATURA OCCIDENTAL...
martes, 14 de junio de 2011
INTERMINABLEMENTE OBLIGADO A DIALOGAR CON LO EXTERIOR Y CONMIGO MISMO...
Interminablemente obligado a dialogar con lo exterior y conmigo mismo, escribo. Escribo un incesante diálogo que es, sobre todo, monólogo; un poco a la manera de esa voz que habla en Compañía, uno de los últimos textos de Samuel Beckett: “Así acurrucado, te descubres imaginando que no estás solo ... Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía.” Escribo mis diálogos que son monólogos. ¿O a la inversa: monólogos que dialogan con lo que me es exterior y con mi propio mundo interior? Mi escritura se vuelve acción a la que me aferro; siento que junto a ella nombro mi lucidez, o mi imaginación, o mis propósitos, o mis recuerdos, o mis convicciones, o mis sueños...
lunes, 13 de junio de 2011
NIETZSCHE Y LA PALABRA DEL CAMINO
Escritura del camino: signo de lo abierto, de lo interminablemente continuo. Escritura identificada con la voz del caminante que se detiene a recuperar fuerzas y a reponerse del cansancio de los días transcurridos.
Muy variadas expresiones podrían relacionarse con la palabra del camino: pensamientos, reflexiones, memorias, aforismos, testimonios, autobiografías... En todas, generalmente, la comprensión pareciera unirse al deslumbramiento; la búsqueda, coincidir con los hallazgos. Y es que la palabra del camino entremezcla revelaciones y desentrañamientos; dibuja imágenes que surgen tanto de la fantasía como de la lucidez, de la maravilla como de la curiosidad. Es, por sobre todo, la interminable argumentación de una conciencia que nunca calla.
La palabra del camino nos orienta por entre la confusión y la provisionalidad. Nos permite conjurar el tiempo del que estamos hechos. Ella discurre por sobre todos los temas posibles, sombra y soliloquio de pasos, rúbrica de conjeturas. Desde la amplitud de su superficie, la palabra del camino convierte en argumento todas las intuiciones, todos los descubrimientos, todos los desconciertos.
La palabra del camino sigue un ritmo que le es propio. Quizá el ritmo de la vida donde las cosas manan sin cesar, capaces de desbordar cualquier cauce; fluctuando, moviéndose, llenando espacios; girando por sobre todas las superficies; tanteando, explorando.
La levedad y la armonía son aspiraciones fundamentales de la palabra del camino; aspiraciones relacionadas, por cierto, al ideal de todo caminante: liberarse del exceso de peso, aligerar la carga que pueda verse forzado a llevar.
La palabra del camino aspira a ser fiel a sí misma; por eso, se escribe y desescribe, se rompe y rehace, se fragmenta y retuerce hasta llegar a armonizar con las variadísimas circunstancias que la envuelven.
La palabra del camino convierte en arte la reflexión o la perplejidad frente al instante. Ahonda en la vida, ilustrándola en algunas de sus casi infinitas facetas.
A través de la palabra del camino, los autores apuestan a la firmeza de sus pasos, esforzándose en rechazar cuanto los debilite o desdibuje. La palabra del camino revela un inocultable horror ante la intemperie, ante los espacios demasiado vastos o demasiado impredecibles. Pero la intemperie es infinita; no existe palabra alguna capaz de cubrirla. Escribir podría convertirse, así, para algunos escritores en un esfuerzo por resguardarse del inmenso silencio circundante.
La palabra del camino se emparenta a una convicción: la de que, en la confusa suma de infinitas combinaciones que es la historia del mundo, acaso sólo las alusiones biográficas resulten genuinas identificaciones de lo humano.
La palabra del camino dibuja una forma de diferenciación. Somos en nuestra escritura. Somos esas imágenes que nuestra escritura postula. Nuestro individualismo se convierte en el punto de partida de una voluntad de nombrarnos.
La palabra del camino muestra la metamorfosis de nosotros mismos al interior de nuestros recorridos. Nos dibuja en una imagen que asumimos nuestra. Verbalizando nuestros ahoras conjuramos la pesadilla de la no significación del tiempo, el horror al vacío. La palabra del camino posee un fuerte contenido ético. Etica de la opción individualista de quien precisa apartarse de la confusión exterior para refugiarse en un signo que lo encarne. Frente a la complejidad, confusión y contradicciones de lo que llamamos “experiencia de vida”, se yergue la palabra que escribe a partir de esa experiencia.
Rótulos, clisés, lugares comunes, frases hechas son formas del todo insuficientes para nombrar el camino o la experiencia del camino, siempre inundada de perplejidades, contradicciones y emparentada muy de cerca al impredecible azar.
La palabra del camino señala un ir; pero, ¿hacia dónde? Ella contrasta la interminable oposición entre el albur y la persistencia. Por eso, fluctúa entre lo aleatorio y lo definitivo. El camino es, a la vez, permanencia y cambio; movilidad y fijación. A la fijeza se opone la continuidad. Lo definitivo se enfrenta a lo que, incesantemente, se metamorfiza. La palabra del camino es fijación de lo transeúnte. Transcurre y, en ese transcurrir, fija lo momentáneo; convierte en definitivo lo que es circunstancial. La palabra del camino es testimonio de nuestra voz expresando la vida que hemos recorrido. Es hallazgo que nos señala, eco o sombra de nuestros pasos.
La palabra del camino sugiere la posibilidad de decir lo que sólo la experiencia y la memoria, juntas, podrían evocar. Es experiencia volcada en palabra. Es memoria que recuerda los días cumplidos. La palabra del camino convierte el hecho de vivir en fragmento discernible.
Libertad, autonomía, independencia, autenticidad: términos necesarios para expresar lo que la palabra del camino es. Ella está cargada con un fuerte contenido ético. Eticidad de la opción del escritor que precisa apartarse de la confusión exterior para refugiarse en sí mismo y nombrarse desde esa palabra que lo encarna. La palabra del camino, lo he dicho alguna vez, debe poseer como uno de sus esenciales objetivos, conducir al escritor hacia su asilo, recuperar para él un espacio en el que poder reconocerse.
La palabra del camino es naturalmente egoísta: señala a un yo empeñado en mostrarse y en proclamar que ha vivido. La necesidad de saber que no desapareceremos con nosotros mismos, que existe la posibilidad de perdurar en palabras que nos nombren e identifiquen más allá de nuestra presencia, explica muchos de los sentidos de la palabra del camino.
La palabra del camino juega constantemente con diversos órdenes. Las verdades descubiertas por el caminante pueden ser, también, verdades de muchos o de todos. El mundo se refleja en el caminante y éste se refleja en el mundo.
Al hablar del mundo, la palabra del camino lo hace siempre a partir de un yo contemplador del mundo. El mundo visto a través de los ojos de ese yo. En ese punto, vida e historia comienzan a acercarse extraordinariamente: la vida del testigo dentro de la historia, la historia nombrada desde la vida de quien la testimonia; vida e historia conviviendo en una palabra afín que las asemeja e identifica.
En general, la palabra del camino suele saberse expresión incapaz de disipar del todo las tinieblas del desconcierto o la confusión. Una de sus desvirtuaciones sería la de ambicionar convertirse en documento de su tiempo, algo que significaría que su voz, necesariamente mesurada y necesariamente íntima, se transformase en prédica y profecía, convencida de los privilegios de su funcionalidad y su destino.
Impregnada de vida, la palabra del camino puede llegar a insertarse en la historia, alcanzando así, como sucedió en el caso de Nietzsche, a dibujar certeras intuiciones del porvenir de la humanidad.
Alguna vez escribió Nietzsche: “no quiero leer a ningún autor de quien se note que quería hacer un libro, sino sólo a aquéllos cuyos pensamientos llegaron a formar un libro sin que ellos se dieran cuenta”. Era su propio reconocimiento a la singular expresividad de la palabra de los caminantes, la que surge de la vida misma y que va sumando páginas que pueden conformar un libro; no el libro como propósito primero, sino el escribir la vida.
Nietzsche ejerció de una manera extraordinaria, una palabra compañera de curiosidades y testimonios; palabra que supo nombrar, por igual, las voces de su época y “la voz ligera de las diversas situaciones de la vida”. Por eso su escritura, hablando desde sí mismo, habló, también, de todos los hombres; verbalizando su propio mundo, alegorizó el mundo; ir y venir interminable entre lo individual y lo colectivo, una muestra de que los argumentos de la vida y los de la historia son formas análogas de la experiencia humana.
Tal vez por eso Nietzsche alcanzó a percibir, en su presente, lo que sería esta realidad que hoy nos rodea, terminado ya nuestro siglo XX. Su palabra ilustró el carácter de ciertos recorridos por los que la humanidad estaba destinada a transitar. Y emblemas y valores de nuestros días se reconocen y reflejan en aquellas verdades del caminante que fue Nietzsche, en sus interrogantes y respuestas de lúcido pensador y visionario poeta.
A pesar de la deuda que su palabra tiene con la poesía, en varias ocasiones Nietzsche se expresó muy despectivamente de los poetas, a quienes acusó de estar siempre dispuestos a pavonearse ante cualquier público que quisiera admirarlos. Los tildó, también, de superficiales: “no me parecen muy limpios que digamos; enturbian las aguas para que parezcan profundas”. En otra oportunidad los llamó también mentirosos: “el poeta considera al mentiroso como su hermano de leche”. Nietzsche no despreciaba a la poesía -que, de hecho, le perteneció siempre- sino a los poetas. Igual que le sucedía, por cierto, con los filósofos, a quienes llamaba “tejedores de telarañas”.
La palabra del camino en Nietzsche iba haciéndose, amplia, suelta, fragmentaria, de una suma de reflexiones y aforismos que entremezclaban tanto imágenes como itinerarios. En ella no es posible distinguir “métodos” ni “sistemas”. Es una escritura que asume como suya la regla esencial del camino: el recorrido lo es todo. Por eso ella parecía avanzar moviéndose siempre según la marcha de un ritmo originalísimo; evocando incesantemente el propósito de verbalizar el mundo desde la lucidez y la pasión; tratando de enfrentarse a todos los temas, todas las controversias, todos los dogmas, todas las paradojas, todas las verdades...
En La gaya ciencia, Nietzsche hace esta confidencia: “escribo para deshacerme de mis pensamientos”. Deshacernos de nuestros pensamientos: librarnos de los fardos acumulados, aligerar nuestros pasos. Es necesaria la ligereza para continuar el recorrido. En algún momento, Nietzsche habla de un arte “travieso, ligero, bailarín, burlón, infantil y alegre para no perder esa libertad por encima de las cosas que nos exige nuestro ideal”. Arte ligero: ¿arte que acompaña los aprendizajes del vivir?, ¿arte de la transformación?, ¿arte del recorrido por entre el barullo y la confusión? Al arte ligero debía corresponder un espíritu ligero, algo que no significa, en lo absoluto, superficialidad de espíritu. Ligereza implica saber andar libremente por el camino: sorteando en él sus asperezas y sus frecuentemente indescifrables desenlaces. Ligereza para escribir y seguir avanzando sin cesar nunca de aprender de las propias sorpresas.
Si pensamos, dice Nietzsche en algún otro momento, “no hay reposo”. El pensamiento busca respuestas que son descubrimientos; verdades propias: particulares y personales, también comunicables. Una verdad no puede guardarse, dice Nietzsche: tiene que salir fuera de quien la posee para conocer la luz y el contacto con los otros. “Todas las verdades que se callan se hacen venenosas”, dice. Verdades y no convicciones: las convicciones, comenta, son “más poderosas que las mentiras”. Y, en otro lugar: “De las pasiones nacen las opiniones: la pereza de espíritu las hace cristalizar en convicciones”.
La individualidad humana va dibujándose en medio de la búsqueda de verdades. La vida posee verdades que debemos descubrir: verdades para nosotros, verdades nuestras. Y el entorno bien podría ser modificado por la fe que depositemos en ellas.
Toda verdad, en el fondo, no deja de ser una ficción, una interpretación. Cada quien lleva sus verdades en sí mismo. “Por muy ávido que sea mi conocimiento -dice Nietzsche en La gaya ciencia- no puedo extraer de las cosas sino lo que ya me pertenece”. Esto es: me reconozco dentro del mundo y reconozco el mundo dentro de mí.
A lo largo del camino, todo es transformación. Nuestras verdades cambian porque nosotros cambiamos. La sabiduría va llegando lentamente a través de interminables aprendizajes que nos arrastran hacia nuevas verdades. En La gaya ciencia, Nietzsche comenta: “Ahora te parece un error lo que en un tiempo amaste como verdad o probabilidad: lo rechazas, y crees que se trata de un triunfo de tu razón. Sin embargo, tal vez ese error fuera para ti en ese entonces, en que aún fuiste otro –siempre eres otro- tan necesario como todas tus ‘verdades’ de ahora”.
Nietzsche expresa un saber que suponemos muy semejante al origen del filosofar en el mundo griego: un esfuerzo con que guiarnos dentro del camino: para crecer y llegar a ser felices, o, al menos, para sobrevivir dentro de él. Nietzsche se refiere, en algún momento, al estoicismo y al epicureísmo como saberes fundamentales de la supervivencia. Epicúreo es quien aprovecha las circunstancias que le ofrece la vida para disfrutarlas en toda su plenitud. Estoico es quien sabe resignarse ante lo que no podría ser cambiado. El epicúreo selecciona, escoge. El estoico acepta lo inevitable. Nietzsche comenta en sus palabras: “El epicúreo selecciona la situación, las personas y aún los eventos que corresponden con su extrema irritabilidad intelectual y renuncia a lo demás porque sería indigno para él una comida demasiado fuerte e indigesta. En cambio el estoico se ejercita en la ingestión, sin asco, de piedras y gusanos, vidrio picado y escorpiones; su estómago tendrá que terminar siendo indiferente a todo lo que vuelque en él el azar de la existencia”.
Nietzsche enfatiza en la importancia de lo irracional dentro de la vida del hombre. Sentimientos y pasiones caracterizan nuestras actitudes tanto como las ideas y los argumentos. La vida no es sólo lógica. Es, también y quizá sobre todo, pasión, duda, deseo. La historia anecdótica de los grandes sucesos humanos, dirá en algún momento, no es tan expresiva como podría serlo la historia de los sentimientos; una historia que evocaría la memoria de los sufrimientos y devociones de los pueblos, sus desprecios tanto como sus admiraciones, sus mitos y sus aceptadas mentiras.
Nietzsche opone la sabiduría del contemplador a la del hombre de acción. El primero, logra dibujar “el mundo que le importa al hombre”. El mundo que nos rodea, que conocemos, que nos identica e identificamos, es el mundo creado por la palabra y la imaginación de los contempladores. Ellos son los verdaderos autores del universo humanizado. Ellos, en su imaginación, en su verbalización, son creadores del espacio que nos envuelve y habitamos. “¡Nosotros –dice Nietzsche- hemos creado el mundo que le importa al hombre! Sin embargo, precisamente esto no lo sabemos, y cuando por un instante, captamos ese saber, lo olvidamos al momento: los contemplativos desconocemos nuestra mejor fuerza y nos valoramos en un grado demasiado bajo –no somos ni tan orgullosos ni tan felices como podríamos serlo”.
Nietzsche habla de la locuacidad de los escritores: la de la ira, por ejemplo, que le imputa a Schopenhauer; o la de la conceptualización, que le achaca a Kant; o la del deleite de buscar palabras nuevas para decir las mismas viejas cosas que le adjudica a Montaigne... Nietzsche poseyó como locuacidad totalmente personal la de una individualidad lúcida y apasionada, inquisitivamente colocada frente a un mundo que, por sobre todo, era preciso comprender. No puedo dejar de recordar las Memorias del subsuelo de Dostoyevski, novela donde su protagonista, el hombre del subsuelo, comunica a sus lectores todo cuanto percibe desde el espacio de su conciencia; un espacio que, a la vez que lo aísla, le permite vislumbrar mejor, entender mejor. Nietzsche, con su palabra se muestra, también, como un ser subterráneo; un contemplador que, desde el escondrijo de su conciencia, divisa –y cuestiona- una vastedad infinita colocada ante él. Por cierto, el propio Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos, hace un abierto reconocimiento a la importancia de Dostoyevski en su obra. “Dostoyevski –dice-, el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo he tenido que aprender algo: él es uno de los más bellos golpes de suerte de mi vida...”
Para Nietzsche la vida es intemperie y es azar. Terrible e inexplicable, ella es riesgo interminable. El ser humano se esfuerza constantemente en conjurar ese riesgo. Un antídoto contra él será la voluntad; otro, la escritura, el arte. El arte es coherencia, sentido expresivo, unidad orientadora. “El arte –explica- es una forma de proporcionar un alivio a la conciencia sobrecargada de sensaciones ... Del arte se puede pasar más fácilmente a una ciencia filosófica verdaderamente liberadora”. Y, en otro momento: “Crear: éste es el gran alivio al dolor y lo que hace fácil la vida.” El arte condensa y expresa. Toca lo elusivo, alcanza a definir lo indefinible. El arte nunca podría ser falso. No puede engañar. El se asocia a lo más genuino y veraz del tiempo humano.
La palabra de Nietzsche se propuso ahondar en el desenmascaramiento constante de numerosísimas paradojas humanas. Verbigracia la de que principios errados puedan generar gestos y comportamientos legítimos. O la de que la esperanza sería el peor de los males al prolongar torturadamente las ilusiones de los hombres. O la de que las malas acciones de éstos podrían, acaso, ser motivadas por un instinto de conservación, en cuyo caso dejarían de ser “malas” para convertirse en “necesarias”. O la de que el hombre piensa que lo bueno se impone por sí mismo y lo malo no; cuando bien podría suceder lo contrario: que las cosas buenas no se aceptasen, en tanto que los errores sí. Tales paradojas, dice Nietzsche, no son sino una directa consecuencia de algo: los hombres nos rodeamos de ficciones para entender, para identificar, para actuar; espejismos para guiarnos; ideas para poder continuar en el camino.
A fines del siglo XIX, una idea -un espejismo- el progreso, pareció deslumbrar a casi todas las mentes. Nietzsche desconfió de ella. La consideró culpable de deformar visiones y creencias. Frente al progreso, ante la idealización del futuro, Nietzsche erigió su propia idea: la de la necesaria afirmación del ser humano en el aquí y el ahora, la de una interminable apuesta del individuo hacia todos sus momentos vividos. La apuesta por el ahora significa afirmarse ante la vida diciéndole “sí”. Vivacidad de la vida y vivacidad de todos los instantes que la componen. La existencia –postula Nietzsche- bien pudiera ser para el ser humano un premio o una pesadilla. Una pesadilla para todo aquél que no sepa vivirla, disfrutarla o entenderla; un premio para aquellos seres capaces de afirmarse en la interminable aserción de su voluntad y de rechazar el escapismo fácil de las promesas religiosas (Para Nietzsche un ser de espíritu religioso que niegue esta vida en beneficio de la vida ultraterrena es, ante todo, un desperdiciador).
Como dije antes, la palabra del camino se desvirtúa al aspirar a convertirse en comunicación de la prédica o de la profecía. En ambas incurrió Nietzsche en diversos momentos de su obra, pero, muy especialmente en Así habló Zaratustra, libro donde se abandona la necesaria mesura de la palabra del caminante en beneficio de la premonición de nuevos signos históricos. Así habló Zaratustra es un símbolo de edades nuevas protagonizadas por hombres nuevos. “Con una voz fuerte –dice Nietzsche- se es casi incapaz de pensar cosas sutiles”. Es la mejor prueba de algo totalmente perceptible: nada en Así habló Zaratustra podría merecer el calificativo de “sutil”.
La parábola que es Así habló..., escrita a finales del siglo XIX, se comunica muy estrechamente con cierto sentido ético de nuestro siglo XX, una época que ha impuesto a los hombres la moral necesaria de los supervivientes. Hoy, más de un siglo después, desvanecido definitivamente el espejismo del progreso, lo que perciben los hombres a su alrededor no es la decadencia que presintió Nietzsche sino otra cosa: el apocalipsis. La noción del riesgo apocalíptico evoca un porvenir que peligra en cualquier posible error humano. La visión apocalíptica dice que el futuro depende de este presente que estamos construyendo ahora.
Como alguna vez he comentado*, el sentimiento de habitar un mundo al borde del apocalipsis, arrastra a los seres humanos hacia dos actitudes opuestas; de un lado, la autodestrucción; del otro, un esfuerzo de supervivencia. “Lo imprevisible genera imágenes de opciones contrapuestas: vivir o morir, crecer o decaer, debilitarnos o fortalecernos, perdurar o desaparecer... El tiempo del apocalipsis es el del presente sin mañana, el de la desesperación circular. El tiempo de la supervivencia es el del equilibrio en medio de lo siempre precario, el de la previsión ante lo inesperado, el tiempo donde no existen ni débiles ni fuertes, porque todos, eventualmente, somos débiles; porque todos, definitivamente, somos vulnerables”. Autodestrucción es pulsión de muerte, hedonismo fácil, consumismo, vacuidad, fragilidad de referencias y relaciones, evanescencia de significados y valores. Frente a esto, la supervivencia podría concebirse como la iniciativa creadora dentro de los espacios clausurados, una fuerza vitalizadora dentro de lo devastado y lo precario.
La supervivencia para Nietzsche consistía en decir “sí” a la vida, a la pasión del vivir. Si “Dios ha muerto”, entonces la absoluta soledad del hombre podría –debería- conducirlo, más que hacia la desesperación y la desmesura del “todo está permitido”, hacia la plena entrega a la vida. Voluntad de sobrevivir expresada en pasión por la vida, intensidad de vida.
Del “silencio eterno de los espacios infinitos que ignoro y que me ignoran” de Pascal a la “muerte de Dios”, de Nietzsche: el paso de la historia humana fue apuntando hacia la necesaria autosuficiencia del hombre, a su independencia y su soledad. Una soledad que proclama que el destino de los hombres pertenece únicamente a sus obras, que son éstas su propio cielo o su propio infierno. Cielo o infierno, felicidad o infelicidad, plenitud o vacío: posibilidades opuestas que reposan en las manos de seres humanos capaces de crecer o desmoronarse, de sobrevivir o desaparecer.
Nietzsche fue uno de los primeros en intuir que los seres humanos habíamos entrado “en una época en que la civilización está en peligro de sucumbir a causa de los medios de la civilización”. Las respuestas de Nietzsche aludieron una y otra vez a la visión de un ser que lograría sobrevivir y crecer dentro de un tiempo sin dioses y sin ideales de futuro sólo si se afirmaba en él mismo y en la validez de sus obras y respuestas; un nuevo individuo diferente a quien todo podría permitírsele, todo salvo la incapacidad para sobrevivir.
Dice Nietzsche en La gaya ciencia “¿Qué es originalidad? Ver algo que aún no tiene nombre, que aún no puede ser nombrado aunque esté a la vista de todo el mundo ... Los hombres originales han sido, en general, también los ponedores de nombres”. Nietzsche, desde su propia peripecia de lúcido e inquisitivo caminante, desde su voz, desde su palabra del camino, colocó nombres, muchos de los cuales hoy todos repetimos. Nombres que identifican gran parte de los signos éticos de nuestro tiempo al describir, de tantas y tan certeras maneras, la pluralidad y la incertidumbre. Nietzsche fue original en su tiempo y sigue siéndolo aún en el nuestro porque su voz individual supo vislumbrar por entre la voz de la historia. De allí que haya podido nombrar tan acertadamente el porvenir y sus premoniciones resultar tan proféticamente exactas.
sábado, 11 de junio de 2011
LA VULNERABILIDAD DE UNA ÉPOCA Y LA VULNERABILIDAD DE UN TIEMPO INDIVIDUAL SE PARECEN...
Existe en Montaigne la idea de que cada individuo encarna en sí a la Humanidad entera. Algo parecido dijo Schopenhauer: el destino de la humanidad concierne a cada quien y el de cada quien concierne a la humanidad toda. Las miradas de los hombres suelen reproducir las miradas de sus épocas, relacionarse estrechamente con eso que su realidad les enseña a distinguir.
Muchas verdades de nuestros días parecieran relacionarse a dos cosas: falta de memoria y ausencia de esperanza. Así, el pasado pierde importancia y su recuerdo es sustituido por un presentismo hedonista. Por su parte, la falta de esperanza significa la entronización de verdades de desaliento e incertidumbre. Sin saber hacia donde nos dirigimos y sin creer en el significado de las acciones que nos permitan dirigirnos hacia algún lado, los seres humanos ignoramos el destino que nos aguarda; o, en todo caso, sospechamos de su fiabilidad. Esas mismas desalentadoras verdades nos arrastran, individual y colectivamente, hacia la confusión. “La confusión será mi epitafio” rezaba el estribillo de una de las más conocidas canciones de un grupo musical de rock de los años setenta, King Crimson. Confusión como mediación de cuanto vislumbramos en el presente y el porvenir; también como secuela de la disolución de muchísimas creencias e ilusiones. Inmersos en una realidad impredecible, todos buscamos la seguridad de certezas que nos permitan conjurar la percepción de vulnerabilidad que caracteriza a tantas miradas humanas en nuestros días.
En lo individual, asociamos vulnerabilidad con madurez. Los jóvenes raramente la reconocen en sí mismos: no han vivido lo suficiente. Somos vulnerables, de niños, al vivir en medio de la inconsciencia; lo somos cuando, adolescentes, nos asumimos demasiado céntricos y apostamos muy contundentemente a la veracidad de algunas poquísimas respuestas grandilocuentes y ruidosas; seguimos siéndolo, a lo largo de nuestra existencia, cada vez que nos creemos solitaria y soberbiamente capaces de enfrentar retos que, acaso, nos superen. Son vulnerables muchísimos seres solitariamente rodeados de demasiados rostros, aislados en medio de lo muy saturado o muy confuso. Es vulnerable la soledad de quien no logra distinguir más allá de sus pasos ni escuchar otra voz que la suya. Colectivamente, es vulnerable un mundo humano que le teme al futuro porque le horrorizan los posibles desenlaces de su presente, porque desconfía de sí misma.
jueves, 9 de junio de 2011
LA INCOMPRENSIÓN O EL DESDÉN DE LA OTREDAD...
La incomprensión o el desdén de la otredad llevó a Occidente a creer que el mundo habría de pertenecerle gracias a una lógica escrita en la naturaleza de las cosas. La Ilustración creyó en un futuro gobernado por leyes iguales, donde lo bueno y lo malo estaría decidido por el sentido común y por fundamentales verdades que todos los seres humanos podrían compartir. Condorcet, el último de los Ilustrados, imaginó un planeta donde las diversidades desaparecerían: todas las naciones hablarían un mismo idioma y serían gobernadas por un inmenso Estado único. A la Razón universal y sólo a ella -dice Condorcet- incumben principios de justicia válidos en todas partes. Principios de un derecho racional que terminará por hacerse universal. Prejuicios, dice Condorcet, hay muchos, pero la verdad racional es una sola. Y sobre esa verdad aspiraba el último Ilustrado a que se formase un solo todo, un unitarismo práctico que sería el más eficaz mecanismo de sujección del hombre sobre su entorno y su destino.
El ideal de unión no tardó en hacerse ideal de dominio. Los "elegidos" asumieron que tenían todo los derechos sobre los "no elegidos". La Razón, sin embargo, hablaba con voz magnánima: de lo que se trataba era de salvar a los "incivilizados" de ellos mismos: de sus errores, de su barbarie, de su atraso. Rudyard Kipling, ya en nuestro siglo XX, ensalzó "la pesada carga del hombre blanco". La inmensa responsabilidad del hombre occidental era la de "convertir" a la Humanidad a la verdad de la diosa Razón y a la religión del dios progreso. El imperialismo fue la principal secuela del propio orgullo y de la autocomplacencia de los europeos. La expoliación imperialista se convirtió en la más "digna" responsabilidad de las naciones dominantes.
Hasta nuestro siglo XX llegaron los entusiasmos imperialistas. La terrible barbarie de dos guerras mundiales hizo que las naciones europeas industrializadas comenzasen a perder la fe en sí mismas y en los privilegios de su destino. Tras el desangramiento de Europa y de gran parte del mundo, comienza un proceso de descolonización por el cual los viejos elegidos comienzan a deshacerse de sus viejas presas. Es el fin del colonialismo. Los imperialismos se debilitan y, poco a poco, comienzan a desaparecer. Al radical unitarismo de los siglos XVIII y XIX sucede en la conciencia occidental del siglo XX el redescubrimiento de la otredad. Occidente comienza a percibir a su alrededor un mundo diferente y heterogéneo que escapa a su ideal de posesión. Anabasis de Saint-John Perse (1924), alguna vez descrito como el último gran poema épico de Occidente, es la contemplación admirativa de un planeta percibido como un mágico y abigarrado mosaico de diferencias. Anabasis describe un éxtasis y una renuncia: éxtasis ante lo inaudito que rodea al poeta, renuncia a cualquier propósito de sujeción de la otredad. El espíritu de Anabasis alcanzará su máxima expresión varias décadas más tarde en Tristes Tropiques (1955) de Claude Lévi-Strauss, doloroso testimonio del hombre occidental ante un planeta que no logró conservar misterios por descubrir ni maravillas de las que asombrarse. De Tristes Tropiques se ha dicho que él es el libro que termina con todos los libros de viajes. "Deseé -comenta Levi-Strauss en una de sus páginas- haber vivido en los tiempos de los verdaderos viajes, cuando todavía era posible ver el espectáculo en todo su esplendor, antes de que lo arruinaran, lo corrompieran y lo estropearan". Levi-Strauss, en la segunda mitad del siglo XX, escribe en un mundo del que ha desaparecido el genuino sentido de la aventura y del descubrimiento. Escribe, también, desde la agonía de una modernidad que ha visto desvanecerse demasiadas expresiones de lo humano.
Hoy, Occidente tal vez recuerde con nostalgia los ideales que alentaron sus conquistas. Quizá añore sus viejas verdades. Esas verdades, sin embargo, nos condujeron a todos hacia este presagio de apocalipsis que hoy domina el mundo. Las nuevas verdades que los seres humanos deberemos buscar y compartir tendrán que escribirse de otra forma. Deberán apoyarse en la comunicación y en la solidaridad de todos quienes habitamos en el espacio y el tiempo limitado y común de los sobrevivientes.
miércoles, 8 de junio de 2011
DIGNIDAD DE TODOS LOS FINALES...
martes, 7 de junio de 2011
HAY MOMENTOS EN QUE LAS PALABRAS SON INÚTILES...
lunes, 6 de junio de 2011
OBRA DE ARTE...
sábado, 4 de junio de 2011
LA CURIOSIDAD, LA FE...
En un cuento de su libro El informe de Brodie, "El evangelio según San Marcos", Borges escribe: "Los hombres a lo largo del tiempo han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un Dios que se hace crucificar en el Gólgota". Imágenes de dos actitudes humanas contrapuestas: la curiosidad y la fe. Odiseo, en sus interminables travesías, abre la ruta del viaje y la búsqueda, de los descubrimientos y de la experiencia, del aprendizaje que crece y vive. Cristo, crucificado en el Gólgota, simboliza la fe, la devoción ante lo revelado. La razón dibuja en la experiencia del recorrido una meta y un destino. La fe se extasía ante imágenes definitivas. Las aventuras de Ulises emblematizan el viaje y la acción, la duda y la crítica, la refutabilidad posible de cualquier argumento. La cruz sobre el Gólgota, recortada en un vacilante ocaso, encarna la inamovilidad de lo innegable y la irrefutabilidad de todos los argumentos. Curiosidad y fe: Itaca y el Calvario; Homero y Sócrates de un lado, del otro Cristo...
miércoles, 1 de junio de 2011
LOS DIOSES PRESIDEN LAS EDADES DEL MUNDO...
sábado, 28 de mayo de 2011
APÓSTATA, DICE NIETZSCHE...
jueves, 26 de mayo de 2011
RECUERDO HABER ESCUCHADO A UN ESCRITOR...
Recuerdo, hace años, haber escuchado a un escritor, en una conferencia, proponer a todos quienes amaban escribir, hacer eso que él mismo hacía: convertir la escritura en actividad por entero marginal al trabajo que le permitía el sustento cotidiano. Se apoyaba en su experiencia de haber escrito siempre al margen de las labores que lo sostenían económicamente, casi como una especie de tiempo robado al tiempo. Nada podría estar más alejado de mi propia experiencia. Me parece inhumano y deshumanizador separar nuestra vida en espacios incomunicados. Palabra y pensamiento, vida y experiencia: todo está absolutamente relacionado; curiosidades y saberes, ilusiones y vivencias, ideales y proyectos, pasiones y estrategias, propósitos y convicciones: todo es parte de una misma armonía, de la misma unidad.
martes, 24 de mayo de 2011
FUERZA DE LA PALABRA IRREPETIBLE...
Fuerza de la palabra irrepetible, vigor de la voz exacta que es imagen que atrapa la mirada, idea que le grita a las ideas, herramienta que conquista nuestra imaginación, forma que nos seduce...
domingo, 22 de mayo de 2011
LA ARGUMENTACIÓN ESCRITA SOBRE LA PÁGINA EN BLANCO...
lunes, 16 de mayo de 2011
GENIALIDAD DE BORGES
Amar las ideas por su estética: eso hacía Borges. Su sabiduría, su genialidad, consistió en hallar en sí mismo un diseño posible del mundo. Dibujó el universo humano en algunas metáforas presentidas.
domingo, 15 de mayo de 2011
EL POETA: SER LIBRE...
sábado, 14 de mayo de 2011
KAFKA (2)
lunes, 9 de mayo de 2011
sábado, 7 de mayo de 2011
LA IMAGINACIÓN...
viernes, 6 de mayo de 2011
EL HABITANTE DE NUESTROS DÍAS...
El habitante de nuestros días vive la crisis de lo definitivo. Rodeado sólo de fugacidad ansía tocar lo perdurable, conquistar ilusiones que le permitan acariciar la eternidad.
jueves, 5 de mayo de 2011
LA HISTORIA ILUSTRA. AYUDA A COMPRENDER Y A COMPRENDERNOS...
miércoles, 4 de mayo de 2011
LA PESADA SOMBRA (2)
Exclusión: negación del otro, desconocimiento de la voz y del rostro ajeno, indiferencia hacia esa voz y ese rostro; no diálogo sino monólogo. Exclusión que, en algún momento significó, también, la instauración de una política de consciente temor despertado en los opositores que no comulgaban con el estilo y la gestión del gobierno de Chávez. En algún momento de su novela La misa de Arlequín, dice Guillermo Meneses: “el gobierno se parecía cada vez más al miedo de la gente”. Son complejos y difícilmente descifrables los miedos colectivos. Miedo hacia cuanto pueda lucir vulnerador; miedo hacia lo “otro”. El miedo es puerta abierta a todas las debilidades. Paraliza al ser humano en el umbral de sus acciones. Por el miedo, el rostro colectivo puede convertirse en mueca: cosificado gesto o caricatura de una faz acartonada en rictus de congelada expresión. Al miedo hay que dominarlo: vencerlo, expulsarlo, exorcizarlo. El gobierno de Chávez pareciera haber asentado su fuerza y su capacidad de convocatoria sobre consignas de temor despertadas en los adversarios. Sin embargo, ese miedo no ha tardado en dar paso a un abierto rechazo y a un desafiante cuestionamiento de la gestión gubernamental. Una gran parte de la sociedad civil venezolana ha ido enfrentándose más y más directamente a un Estado que, paulatinamente, debilitaba sus rasgos democráticos.
Dos cosas parece haber terminado de entender el país nacional que adversa a Chávez: que le es necesario recuperar la fe en los partidos políticos y que deberá apoyar sus expectativas, sueños y creencias en una ideología que haga posible el canalizarlos. Ha redescubierto, también, la necesidad de una mayor participación en el hecho político. Hoy más que nunca, los venezolanos necesitamos reconstruir la relación con nuestro tiempo. Percibir menos hostilidad en sus itinerarios. Contemplar la historia nacional como un lugar más hospitalario en el que la lenta construcción y la amplitud y ligereza de las memorias puedan hacerse hechura de nuestro destino. Divisar menos rupturas, menos recomienzos y menos incomunicación en nuestros recorridos. Distinguir en el paso de las épocas más fluidez y continuidad, mayor hilvanación. Y, desde luego, dibujar en nuestra memoria colectiva menos extremas imágenes de fracaso o idolatría. El peso del hombre providencial es una sombra que los venezolanos deberemos desvanecer. Ése es nuestro reto para la construcción de un tiempo por venir muy alejado de la desorientación que tantas veces nos condujo hacia el inabarcable laberinto o hacia el círculo interminable.
martes, 3 de mayo de 2011
LA PESADA SOMBRA (1)
Ciertos recuerdos venezolanos parecieran sugerir, incesantes, la inevitabilidad en nuestra historia pasada y presente de hombres providenciales: individidualidades extremas y autosuficientes colocadas mucho más acá o mucho más allá de la tradición y la norma. Los venezolanos pareciéramos habernos habituado a despreciar la tradición, habernos familiarizado con la ignorancia de las costumbres, haber rutinizado el olvido de lo anterior. No cesamos de asignar valor a lo que es o luce nuevo, a lo que recomienza, a lo que renace, a lo inaugural. Nuestra memoria es una memoria de rupturas, de quiebras, de hiatos, de fragmentaciones. Pareciéramos habernos acostumbrado a creer y a confiar mucho más, por ejemplo, en las voluntariosas iniciativas de ciertos iluminados personajes, generalmente percibidos por encima, muy por encima de la tradición y de la ley, que en las lentas y pausadas construcciones colectivas. Identificamos nuestras más perdurables huellas mucho más con los deslumbrantes ademanes de algún carismático dirigente que con las sólidas hilvanaciones de todos construyendo juntos el tiempo. Creemos que logros, aciertos y conquistas afortunadas, si acaso llegan, llegarán desde fuera de las fronteras de la tradición, al margen de lo consolidado, lejos de lo establecido. Somos un país de rompimientos institucionalizados donde la excepción prevalece siempre sobre el canon.
Muy al principio de su gestión, el actual gobierno ofreció al país ilusiones que parecían responder a necesarias rectificaciones colectivas: mayor justicia social, una más activa participación del pueblo en las decisiones nacionales; y, desde luego, la prédica de una tercera vía de poder, alejada tanto del totalitarismo de la conducción y la planificación estatal como de la libertad injusta y despiadada de un omnipotente Mercado. Pero esos proyectos iniciales y, sin duda válidos, rápidamente fueron cediendo y desdibujándose en beneficio del desmesurado crecimiento de una reiterada imagen del hombre providencial que, otra vez, volvía a hacerse protagonista de los itinerarios venezolanos. Era la pesada sombra de un pasado que parecía condenado a regresar. El hombre providencial asomaba su rostro y vociferaba sus verdades a través de discursos tremebundos y dogmáticos. Discursos que colocaban de nuevo en el escenario nacional a muy antiguos “culpables” e imponían, otra vez, memorias de agoreros lamentos. El exceso de una retórica que resucitaba imágenes de violencia que se remontaban al tiempo de la Independencia y al de los años de la Guerra Federal fue, sin duda, el peor error del chavismo. Ya entrando al siglo XXI volvían a escucharse en Venezuela los antiguos gritos de los seguidores de los caudillos de la causa federal: “¡Mueran los blancos, los ricos y los que saben leer!”. El discurso divisionista oponía, brutalmente, el país del “nosotros” en contra del país del “vosotros”.
domingo, 1 de mayo de 2011
HASTIADO DE ATURDIDORAS ESTRIDENCIAS...
sábado, 30 de abril de 2011
LA PALABRA POÉTICA SUELE SUGERIR...
jueves, 28 de abril de 2011
ESPERANZA: ALIMENTO DEL INESTABLE AHORA...
martes, 26 de abril de 2011
SOBRE EL TEMA DE LA MUERTE: ALGUNAS REFLEXIONES
Lo único absolutamente cierto que todo ser humano puede conocer de su destino es la muerte. Sabemos que vamos a morir. Y en la vida, ésa es la más exacta de las certezas. La muerte sella, con su sentido o su sinsentido, nuestra vida; y, como un símbolo final, dibuja minuciosamente la forma en que ella será recordada.
Con lo terrible que pueda ser para los hombres la visión de la muerte, ésta parece resultar mil veces preferible a la opción de la inmortalidad. Una vida infinitamente prolongada, una muerte que nunca llega, es algo que los seres humanos hemos convertido en una de nuestras más espantosas pesadillas. Se asocia, por ejemplo, con la imagen del vampirismo y los vampiros: siniestros seres de la noche, condenados por toda la eternidad a alimentarse únicamente de la sangre de sus víctimas. En otra grotesca imagen de la inmortalidad, entresacada esta vez de las páginas de la literatura universal, Los viajes de Gulliver, su autor, Jonathan Swift, ilustró con terrible ironía la parodización de una vida interminable. En un país al que Gulliver llega en sus muchos recorridos, existe una raza de seres: los inmortales. Individuos que nacen con el signo de la eternidad escrito en sus cuerpos. Jamás conocerán la muerte. Su sociedad acoge el nacimiento de cada nuevo inmortal como una terrible desgracia. La descripción que hace Swift de ellos es la contrapartida espantosa de cualquier ilusión de eternidad: figuras miserables, condenadas a arrastrar por todas las edades sus cuerpos en un inacabable proceso de deterioro. El peor castigo de los inmortales es, precisamente, no morir: la agonía de su final sin fin.
Sin embargo, los hombres, aunque aterrados ante la posible inmortalidad de nuestros cuerpos, pareciéramos haber anhelado siempre la inmortalidad de nuestro recuerdo, de nuestras obras. Permanencia no de nuestra figura viva sino de nuestras creaciones vivas; que nuestras huellas, nuestras experiencias, nuestros aprendizajes permanezcan aún después de nuestra muerte, y que ésta no nos sumerja en un definitivo olvido. La obra de arte sería el más expresivo recuerdo de un ser humano que existió y supo dejar un testimonio de eso que fue su vida. La obra de arte eterniza al artista. Hace que los rasgos de su rostro permanezcan vivos, legibles, expresivos de los instantes que sólo a él pertenecieron. La obra de arte hace, por ejemplo, de una pasión, forma capaz de sobrevivir a la propia muerte, como lo logra Quevedo al escribir uno de los más bellos poemas de nuestra lengua: “Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,/ venas que humor a tanto fuego han dado, médulas que han gloriosamente ardido:/ su cuerpo dejarán, no su cuidado;/ serán ceniza, mas tendrán sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado.” La palabra del poeta eterniza un sentimiento capaz de superar todos los silencios e imponerse a todos los olvidos.
A finales del siglo pasado, Federico Nietzsche postuló un nuevo significado para la muerte: alegoría de la muerte de Dios, algo que, según él, permitiría a los seres humanos apostar a su suficiencia, a su confiada y altanera soledad. La imagen de la muerte de Dios, sin embargo, habría de concluir generando uno de los grandes desgarramientos de los tiempos modernos: la convicción del absurdo de la existencia humana. El hombre todo puede aceptarlo, todo menos una falta de sentido guiando su tiempo. Hace un siglo Dostoyevski dijo que si Dios no existía todo estaba permitido. Cien años después, Sartre repite lo mismo a su manera: si el tiempo no tiene sentido, entonces nada lo tiene. O sea: si no existe más que este ahora que toco y que vivo, entonces la vida se convierte en vacío, en nada. La célebre “náusea” de Sartre no es otra cosa sino el asco del hombre ante una existencia absurda por indescifrable.
Ernst Jünger ha dicho que el miedo central del hombre, el miedo de los miedos, el que los explica o los contiene a todos, es el miedo a morir. En estos días, ese temor aparece muy relacionado con la convicción del hombre de sus propios y desmesurados errores; asociado, por ejemplo, a la insensatez de la proliferación de las armas nucleares o a la producción interminable de desechos o a la destrucción de gran parte de los ecosistemas. Es un miedo dibujado, además, sobre muy reales imaginarios: una llamarada atómica, el agujero de la capa de ozono, los océanos y las selvas contaminados... Y, junto al miedo a la muerte colectiva es, tal vez sobre todo, el temor a la desaparición de la humanidad. Horror al desvanecimiento de todos, a que nada quede de nosotros para testimoniar que estuvimos aquí, que fuimos. Cada vez más, los hombres imaginamos la conclusión de nuestro protagonismo bajo la terrible –y poética- imagen de un desvanecimiento absoluto, de un apocalipsis. Alegoría identificada, por ejemplo, con el imaginario de los célebres “abismos negros”, tan familiares, por lo demás, a la física de nuestros días. Ellos parecieran convertirse en una parábola de esa aterradora y absoluta nada con que los hombres de este fin de milenio visualizamos una posibilidad de nuestro porvenir: la muerte de éste.
Ante la visión de la muerte individual, queda abierto ante el hombre el doble camino de la resignación o de la desesperación. De esta última nada diré. Me referiré, sí, a la resignación que considero como única alternativa frente a lo ineludible. Recuerdo las imágenes de Los conjurados, el último libro de Borges: “Sólo me queda la ceniza. Nada/ Absuelto de las máscaras que he sido,/ seré en la muerte mi total olvido”. A fin de cuentas, tal vez sea ésta una de las más dignas y tranquilizadoras opciones ante la muerte: contemplarla como ese territorio al que un ser humano, ya cansado de vivir, desea refugiarse para siempre y, sosegadamente, ocultarse de los vivos y de la vida.
lunes, 25 de abril de 2011
EL VERDADERO PODER DEL INTELECTUAL...
El verdadero poder del intelectual quizá sea su capacidad para nombrar con originalidad ciertas trascendentes verdades en las que coincide la gran mayoría de los seres humanos a lo largo de las épocas.
domingo, 24 de abril de 2011
HACER ARTE Y VIVIR LA VIDA COMO SI ÉSTA FUESE UNA OBRA DE ARTE...
sábado, 23 de abril de 2011
BORGES HA AHONDADO...
miércoles, 20 de abril de 2011
ME ESFUERZO...
domingo, 17 de abril de 2011
QUIZÁ LAS GRANDES EXPERIENCIAS DE LA VIDA...
sábado, 16 de abril de 2011
EN LA FIGURA DE LOS DINOSAURIOS...
martes, 12 de abril de 2011
INDIVIDUALMENTE, PODEMOS PERMITIRNOS SER EGOÍSTAS...
lunes, 11 de abril de 2011
ARISTOTÉLICOS Y PLATÓNICOS
lunes, 4 de abril de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
A COMIENZOS DEL SIGLO XVIII...
ESCRIBIR IMPLICA...
viernes, 1 de abril de 2011
FIRMEZA DE UNA CONVICCIÓN, DE UN PROPÓSITO...
jueves, 31 de marzo de 2011
SENTIMOS, A VECES...
LABERINTO E INTEMPERIE...
Laberinto e intemperie: sitios de inhóspita soledad en los que encarnan algunas inexorables pruebas a las que nos somete la vida.
Laberinto e intemperie: metaforizaciones posibles del camino: como desorientación, como interminable circularidad o como proliferación de vaivenes sin sentido...
ROSTROS
A veces prójimos pero muy rara vez realmente próximos, nos rodean los rostros: amistosos o inamistosos, agradables o desagradables, imprescindibles o superfluos, cercanos o lejanos, comprensibles o impenetrables, apacibles o coléricos, inteligentes o estúpidos... Los rostros: los contemplamos con sus cambiantes gestos; a menudo confusos, engañosos o impredecibles, acercándose o alejándose de nosotros generalmente de acuerdo a nuestra voluntad de acercarnos o alejarnos de ellos.
miércoles, 30 de marzo de 2011
LO QUE A NUESTRO ALREDEDOR...
Lo que a nuestro alrededor percibimos como amenazante, a la larga, fortalece nuestra lucidez. Estamos alertas en medio de esa percepción de vulnerabilidad que, a veces, nos acompaña.
ME ES PRECISO...
martes, 29 de marzo de 2011
ESPIRAL: FORMA DEL GIRO...
lunes, 28 de marzo de 2011
LO ABIERTO, LO CERRADO
Abierto es lo amplio, lo grande, lo vasto; cerrado, lo pequeño, lo parcial, lo estrecho. Abiertos son los lugares inmensos y recorribles; cerrados, los sitios limitados y cobijantes. Ambas nociones, apertura y encierro, pueden evocar, por igual, visiones de valor o antivalor. Dentro de lo abierto, valor serían la amplitud relacionada a la libertad de movimientos, a los itinerarios repletos de recorridos y hallazgos, a las aventuras interminables dentro de lo maravillosamente desconocido. Antivalor serían la inmensidad relacionada con el desconcierto, el desamparo, el extravío; no la amplitud del viaje, la aventura y la búsqueda, sino el espacio que es sólo desolada intemperie: inmensidad que condena a quien la recorre a vivir en una perpetua errancia. En lo cerrado, valores serían el cobijo, la protección y el amparo de los sitios guarnecedores; el techo y el suelo que nos rodean y mantienen alrededor de un centro innegable y en torno a un tiempo que nos ha ido creando junto a él. Antivalor en lo cerrado serían el encierro que es sólo encierro, la mínima espacialidad; el ínfimo territorio frío y desnudo que nos agobia en inamovilidad forzosa, que nos condena al tedio interminable o a la hastiante reiteración de acciones y movimientos.
LO ÉTICO DEBE SUSTENTAR...
Lo ético debe sustentar la inteligencia, la reflexión, la imaginación, la lucidez; apoyar los hallazgos y las construcciones; orientar el camino y sus diseños y sus significados...
sábado, 26 de marzo de 2011
QUIZÁS LAS GRANDES EXPERIENCIAS DE LA VIDA...
sábado, 19 de marzo de 2011
BAJO EL SIGNO DEL VIAJE Y DE LO VIAJERO...
Bajo el signo del viaje y de lo viajero, José Manuel Briceño Guerrero, en su libro El laberinto de los tres minotauros distingue viejísimos imaginarios relacionados por siempre con nuestra América. El continente americano, dice Briceño, fue y es lugar de paso, encrucijada de gentes que llegaban provenientes de todas partes del mundo; y que, a veces, permanecían en los lugares nuevos, pero que, otras muchas, regresaban a sus sitios de origen para no volver jamás. “En nuestro pasado ancestral colectivo –comenta Briceño- hay siempre un viaje por mar hacia lo desconocido, una separación voluntaria o forzada del mundo originario.” América, pues, como espacio al que llegaban y llegan seres que vienen de lejos, lugar de destino siempre frágil; o, más que sitio de destino: territorio de paso en el que pululan muchos transeúntes de pasos inciertos y de acciones fugaces poseedores de una ética de lo aventurero y lo transeúnte; moral que hace de lo provisional y mutable rutina y que asume que cuanto rápida y fácilmente llega, rápida y fácilmente también se desvanece; ética del habitante convertido en ser de paso que desdeña los esfuerzos sostenidos y la constancia de los propósitos porque supone sólo se medra en el albur de lo imprevisto y en los aleatorios recovecos del azar; moral que impone la convicción de que lo imprevisible o impensable acechan siempre.
viernes, 18 de marzo de 2011
SERENIDAD Y FELICIDAD SON PALABRAS...
martes, 15 de marzo de 2011
UNO DE LOS MÁS COMPRENSIBLES ANHELOS HUMANOS...
lunes, 14 de marzo de 2011
JUGAR NOS AYUDA A INVENTARNOS...
domingo, 13 de marzo de 2011
ERNST JÜNGER DIJO...
lunes, 7 de marzo de 2011
EL CONSUMISMO SE ASOCIA...
LA REFUTACIÓN DEL NIHILISMO...
sábado, 5 de marzo de 2011
LA CLARIDAD DE LAS VISIONES...
viernes, 4 de marzo de 2011
HACE MUCHO TIEMPO...
lunes, 28 de febrero de 2011
LA RISA ES EL GESTO...
EXPRESIÓN QUE NO LLEGA A SER ACTO...
domingo, 27 de febrero de 2011
ESPIRAL: FORMA DEL GIRO...
sábado, 26 de febrero de 2011
MI ADMIRACIÓN POR LAS PALABRAS...
miércoles, 23 de febrero de 2011
ME AFERRO...
Me aferro al tiempo que vivo: instantes convertidos en alma, tuétano, sangre. Aprehendo su sentido, reconociéndome tras el cansancio de tanto camino andado...
martes, 22 de febrero de 2011
AUTENTICIDAD: UNA VERDAD...
lunes, 14 de febrero de 2011
LAS PALABRAS...
viernes, 11 de febrero de 2011
HAGO DE MIS ILUSIONES...
Hago de mis ilusiones, mis rutinas, mis propósitos y mis convicciones una cadencia; pero, acaso por sobre todo, un argumento, una orientación, un diseño, un destino que se vuelva desenlace...
jueves, 10 de febrero de 2011
ESENCIAL PROPÓSITO EN MI VIDA...
ESE JOVEN QUE FUI...
miércoles, 2 de febrero de 2011
ENFRENTO LAS EXIGENCIAS DEL CAMINO...
lunes, 31 de enero de 2011
ALMAS Y MÁSCARAS
El alma es la autenticidad; la máscara, el rostro que nos muestra. La máscara es funcional, nos ayuda a existir: nos representa, nos protege, nos aísla pero, también, puede secarnos -y negarnos. El alma es fértil. Fecundiza nuestro destino. Es riesgo y, a la vez, plenitud; riesgo de la plenitud. Máscara y alma se relacionan: la máscara nos ayuda a sobrevivir, pero a la larga nos marchita; el alma nos hace vivir, nos vitaliza, pero también nos vulnera. Perder la máscara es arriesgarnos a ser destruidos. Perder el alma es frustrar nuestra autenticidad. En la vida nos rodean, innumerables, las máscaras y apenas encontramos unas pocas, poquísimas, almas. Son los rostros que escogemos: semblantes destinados a jugar un importante papel en nuestras vidas; rostros cuyas miradas acompañarán por largo tiempo -a veces, incluso por siempre- al nuestro.
Personaje fuera de lo común es aquél en quien alma y máscara coinciden.
domingo, 30 de enero de 2011
EN EL CONTACTO CON EL OTRO...
jueves, 27 de enero de 2011
EN UN PROGRAMA DE TELEVISIÓN DEDICADO A REMBRANDT...
martes, 25 de enero de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
ARTE Y SILENCIO
domingo, 16 de enero de 2011
ENTRE EL PRINCIPIO Y EL FINAL DE CUALQUIER CAMINO...
VIVIR ES CAMINAR SIN CESAR NUNCA DE BUSCAR...
sábado, 15 de enero de 2011
EL DESIERTO... ¿CRECE?...
En Así habló Zaratustra, dice Nietzsche: “El desierto crece”. Comentario muy similar, por cierto, al que hiciera Kierkegaard refiriéndose a los aforismos del escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg: “¡Gracias por esta voz en el desierto!”; y, en cierta forma, parecido también a la definición de Baudelaire sobre el hombre moderno: “solitario de imaginación activa, siempre en viaje a través del gran desierto de los hombres”. El desierto que percibían Nietzsche y Kierkegaard, el desierto al que aludía Baudelaire... ¿Qué era? ¿Acaso la visión de una nueva época en la que estaba entrando la Humanidad? ¿Una convicción de que para Occidente, tras largas percepciones de avance y muchas idolatrías de progreso, había comenzado una nueva era de incertidumbres? Existe cierta diferencia entre el desierto al que se refieren Nietzsche y Kierkegaard y ése al que alude Baudelaire. El de aquéllos implica devastación, agotamiento; el de éste es más bien una alusión a multitudes y a generalizadas abundancias, a toda clase de homogeneidades y cosificaciones... De todos modos, la idea de los tres se parece: desierto es devastación, confusa vastedad, ajenidad, extravío... En suma: desierto sería ese espacio humano en el que, como supo metaforizar Nietzsche, los dioses han desaparecido y el tiempo ha dejado de significar continuidad o avance para hacerse inacabable reiteración; de alguna manera, metáfora de una nueva era en la que parecía haber entrado la Humanidad: la de la supervivencia.
jueves, 13 de enero de 2011
EXISTE UN YO...
Existe un yo que se comunica consigo y se apoya en sí, y otro yo que sólo es capaz de comprenderse en medio de la multitud y de convertir sus voces en eco de las voces de los otros y de hacer de sus gestos y muecas un reflejo de las muecas y los gestos ajenos... ¿Se trataría acaso de escoger entre ambos? No, de lo que se trata es de aceptar que las dos opciones existen en los seres humanos; tal vez como algo físico, o, acaso, como una consecuencia de eso a lo que la vida nos ha ido conduciendo. Se trata de que nuestros diálogos y comprensiones propenden, bien hacia el propio mundo interior, bien hacia la vastedad de los afueras. Se trata de movernos por entre familiares espejismos o de desplazarnos con soltura por entre la siempre azarienta realidad. Se trata de girar en torno a nosotros mismos o de hacer de nuestra conciencia permanente comunión con infinitos otros.
miércoles, 12 de enero de 2011
LA ESCRITURA ES DIÁLOGO SOLITARIO...
lunes, 10 de enero de 2011
LAS PALABRAS HAY QUE MERECERLAS...
sábado, 8 de enero de 2011
DISTINGUÍA MONTAIGNE...
viernes, 7 de enero de 2011
LA SINTAXIS CÓSMICA...
jueves, 6 de enero de 2011
LA VIDA CASI NUNCA ES PREDECIBLE...
sábado, 1 de enero de 2011
LAS PALABRAS CHISPORROTEAN...
LA PALABRA POÉTICA DE NUESTROS DÍAS...
martes, 28 de diciembre de 2010
EN SU LIBRO...
En su libro La metáfora y lo sagrado, Héctor Murena dice que "la única forma de conocimiento es aquella similar a la de los ciegos: por el tacto". Por el tacto palpamos, percibimos, intuimos. El es intuición que se vuelca en ideas. Ideas que dibujan imágenes. Imágenes que construyen metáforas. Cada metáfora es una imagen con la cual entender alguna porción del infinitamente vario universo: un dibujo de él a partir de cualquiera de las múltiples razones que habitan en la conciencia humana.
viernes, 24 de diciembre de 2010
CREO QUE EL AMOR POR LAS PALABRAS...
sábado, 18 de diciembre de 2010
EL VERSO, CLARO Y OSCURO...
El verso, claro y oscuro, cumple su búsqueda en la palabra fresca o marchita, en el alma de la letra y en el papel virgen.
Verso, raíz: ángulos de un mundo que escapa de la mano, de aquello que se quiere decir porque se quiere.
jueves, 2 de diciembre de 2010
DISTINGUIR EN EL CAMINO...
Distinguir en el camino sólo absolutos y guiarnos únicamente por la luz y el calor de esos absolutos, pudiera significar calcinarnos.